Ciencia y sociedad
¿Por qué nos importa tanto nuestra vida? Rebecca Goldstein responde a la gran pregunta existencial
La filósofa y novelista explica cómo el deseo de trascendencia, los vínculos personales o la excelencia profesional son vías para responder a la necesidad de que nuestra vida tenga sentido

Todos necesitamos sentir que importamos a alguien, en algún lugar. / IA/T21
Todos sabemos que un día desapareceremos, pero aun así vivimos como si nuestra vida fuera el centro del mundo. Rebecca Goldstein llama a esa tensión “el instinto de importar”: la necesidad de justificar por qué nos concedemos tanta importancia a nosotros mismos, y cómo esa búsqueda explica tanto nuestras mejores obras como nuestros peores fanatismos.
A casi nadie le gusta admitirlo, pero la pregunta que más nos ronda por dentro no es si seremos felices, sino si nuestra vida importa de verdad. Rebecca Goldstein, filósofa y novelista, sostiene en su nuevo libro The Mattering Instinct que esa necesidad de sentir que contamos para algo es un impulso tan básico como comer o protegernos, y que explica tanto lo mejor como lo peor de nuestro comportamiento.
Su punto de partida: como cualquier otro animal, estamos programados para ponernos en primer lugar: evitar peligros, buscar alimento, cuidar a nuestras crías. Hasta ahí, nada nuevo. Lo peculiar de los humanos es que, además, pensamos sobre lo que hacemos. Nos miramos desde fuera, revisamos nuestra biografía, comparamos nuestra vida con la de otros y con lo que creemos que “debería” ser. De ese choque nace la gran duda: si, en términos cósmicos, somos casi nada, ¿qué justifica la enorme atención que nos dedicamos cada día?, explica la autora en esta entrevista.
Goldstein distingue dos necesidades que suelen mezclarse. Por un lado, está el deseo de conexión: saber que hay personas concretas para las que somos importantes pase lo que pase. Por otro, algo más íntimo: la necesidad de poder mirarnos al espejo y decirnos que nuestra vida merece la pena, que no estamos desperdiciando la oportunidad de existir. La primera tiene que ver con los demás, la segunda con la conversación silenciosa que mantenemos con nosotros mismos, señala Next Big Idea Club.
Referencia
The Mattering Instinct. How Our Deepest Longing Drives Us and Divides Us. Rebecca Newberger Goldstein. Hardback 2026.
Mapa mental
Para explicar cómo intentamos responder a esa necesidad, Goldstein habla de un “mapa del importar”. Hay quienes se apoyan sobre todo en la trascendencia: una fe religiosa o espiritual que les sitúa en un plan más amplio, donde su vida encaja, aunque no sea brillante. Otros se orientan sobre todo por los vínculos: se sienten realizados si son buenos padres, amigos o vecinos, si sostienen una red de relaciones en la que son necesarios. Un tercer grupo busca importar a través de la excelencia: sacar adelante una empresa, escribir un libro, cuidar un huerto, investigar un problema científico. Y, por último, están quienes viven la importancia como una especie de competición: necesitan sentirse por encima, más admirados, más influyentes o temidos.
Ninguna de estas vías es pura teoría. Goldstein recurre a historias concretas: desde activistas o científicos que sacrifican comodidad y reconocimiento inmediato en nombre de una causa, hasta antiguos extremistas que reconocen que, antes de la violencia, lo que había era una sensación persistente de ser nadie.
Un mismo impulso —no querer pasar por la vida como si no hubiéramos estado— puede desembocar en una obra de arte, en una ONG, en una empresa innovadora… o en un movimiento fanático, explica claramente la autora.
Proyecto de vida
Ahí introduce una distinción importante. No toda forma de importar es igual. Para orientar ese instinto, propone fijarnos en qué deja tras de sí cada proyecto de vida. Hay formas de buscar importancia que dan lugar a más conocimiento, más confianza, más belleza, más justicia, más vínculos sólidos. Y hay otras que dejan resentimiento, miedo, desinformación, daño físico o moral. El mismo deseo de sobresalir, por ejemplo, puede empujar a alguien a mejorar su oficio durante años o a hundir a sus rivales a cualquier precio, advierte The Edge.
Otro punto clave del libro es que este impulso a importar no se mide bien con encuestas de “felicidad”. Una persona puede estar sufriendo, pasando dificultades objetivas, y sin embargo experimentar que su vida “encaja” porque siente que está contribuyendo a algo que considera valioso. Y puede ocurrir lo contrario: alguien rodeado de comodidades, con una vida aparentemente en orden, puede sentir un vacío persistente, la impresión de que nada de lo que hace tiene verdadero peso.
Conocernos mejor
Goldstein no pretende resolver filosóficamente qué vidas importan “de verdad”. Lo que ofrece es un marco para entendernos mejor: todos, también quienes nos parecen incomprensibles, están intentando responder a la misma inquietud de fondo.
Para una audiencia que convive con la polarización, la soledad y el culto a la fama, la propuesta es clara: si queremos sociedades menos crispadas, no basta con discutir sobre ideologías o intereses materiales; hay que entender cómo se alimenta —o se frustra— ese deseo silencioso de no pasar por el mundo como si nunca hubiéramos estado aquí.
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