03 de agosto de 2007
03.08.2007

Una «Tosca» amplificada

03.08.2007 | 02:00
Un momento de la representación.

Antes de nada he de manifestar mi total desacuerdo con la representación de espectáculos operísticos en recintos que requieran cualquier tipo de amplificación para su escucha. En mi opinión, el uso de medios electrónicos está reñido con la música clásica en general y con la ópera en particular. La mejor amplificación del mundo nunca conseguirá igualar el sonido del más modesto teatro de ópera, pues elimina contrastes sonoros, cercena en cuanto a las voces las posibilidades expresivas, impidiendo los matices y el correcto uso de las técnicas del «Bel canto» y, en cuanto a la orquesta, distorsiona la tímbrica de los instrumentos, iguala volúmenes sonoros, etcétera. Lo que impide, en suma, la constatación por parte del público de los verdaderos méritos canoros de los intérpretes, incluyendo su volumen real, enmascarando el sonido natural de la orquesta y otras muchas circunstancias que son las que darían la medida de su verdadera valía.


Hecha esta salvedad, vamos a intentar resumir brevemente lo que nos pareció la representación de «Tosca» del pasado sábado en el patio central de la Universidad Laboral de Gijón, en función única prevista para las 22:30 horas y que no sabemos por qué empezó casi quince minutos tarde. Hemos de decir, en primer lugar, que no fue desdeñable ni mucho menos el resultado de la escenografía con que se nos presentó. La verdad es que el entorno arquitectónico que rodeaba a la tarima donde se ubicó la acción escénica era adecuado a las localizaciones donde supuestamente transcurre la historia de esta obra maestra de Puccini. Sobre el escenario, cuatro detalles en cada acto situaron la acción convenientemente, y una acertada, y por momentos hermosa, iluminación terminó de redondear el efecto. En cuanto a la dirección escénica, transcurrió casi siempre por cauces correctos, sin que sin embargo se lograra sacar todo el partido en cuanto a brillantez y espectacularidad, a la escena final del primer acto, ni tampoco al íntimo y a la vez trágico tercer acto, que en este sentido fue el más flojo de la noche. Y pasemos a lo importante, la música. Eduardo Villa, tenor californiano de ascendencia mexicana que está haciendo una importante carrera por todo el mundo -canta con asiduidad en el Metropolitan neoyorquino- tiene todas las notas que pide la parte del pintor Cavaradossi, incluidos los agudos, dados con poder y no sin valentía. Pero ni su emisión, algo irregular, ni su fraseo, ni su línea de canto tienen la belleza necesaria para encandilar al público que, no obstante, le aplaudió en el «Recondita armonia» del primer acto, pero no en el «E lucevan le stelle» del tercero, en el que por cierto se comió una frase entera a mitad de la introducción -lo cual no tiene mayor importancia- terminando el aria de una manera poco frecuente, pero válida, que acabó por despistar al público.

La soprano ucraniana Tatiana Anisinova, ya conocida del público gijonés, tiene una imponente voz de lírica «spinto», con buen centro y octava aguda poderosa, muy adecuada para el papel protagonista, aunque quizás algo escasa en los graves. Fue muy aplaudida en el «Vissi d'arte» y en mi opinión obtuvo un merecido éxito, pues a sus sólidas virtudes canoras añadió una buenas dotes interpretativas y escénicas, a las que sin duda contribuye su porte elegante y su indiscutible belleza. Quizás le falte un «punto» de flexibilidad y matización en su canto -lo cual se hizo patente en las frases finales de su aria, por ejemplo- pero es una artista muy interesante a la que espero ver y oír en un teatro para poder calibrar más exactamente su potencial.

El barítono Anooshah Golersorkhi, también californiano aunque de ascendencia persa, fue para mí el otro triunfador de la noche, incluso, para mí, con más méritos que la soprano. Voz de muy bello timbre, con un espléndido y sonoro centro, y poseedor de una estupenda línea de canto, mantuvo muy buen nivel a lo largo de toda la representación. Su evidente falta de graves, dicho sea esto con todas las reservas debido, como dije al principio, a la dificultad que plantea el juzgar voces que se escuchan a través de amplificación, restó algo de rotundidad a su interpretación en algunos pasajes -final del primer acto, algunas frases del «Ella verràÉ» del segundo- a pesar de su canto siempre intencionado y expresivo, pero defendió, en conjunto, muy bien su parte. Quizás necesitara una voz un poco más oscura para terminar de redondear el papel del siniestro Scarpia, pero es otro artista a tener en cuenta y a quien me agradaría oír pronto en un teatro.

Correctos los secundarios, sin que nos atrevamos a juzgar si las muy diferentes sonoridades de unos y de otros eran producto de los distintos volúmenes de sus voces o de diferentes niveles de amplificación, y buen trabajo de los coros, orquesta y director, el gijonés Mariano Rivas, quien, sin fallos notorios, bastante tuvo con concertar todos los elementos, tan dispares, puestos en liza, logrando un sonido bastante aceptable, falto de los debidos contrastes en cuanto a la sonoridad producidos por la ya aludida amplificación, pero con «tempi» ajustados y precisos.


En resumen, espectáculo digno en lo musical y en lo escénico, con cosas buenas y voces protagonistas de mucho interés, pero lastrado por el lugar, no adecuado para una representación operística en lo que a las prestaciones sonoras se refiere. Posiblemente a nivel mediático y propagandístico pueda considerarse un éxito -desde luego de público lo fue- para Gijón y los organizadores, pero como aficionado a la ópera, qué quieren que les diga, hubiera preferido verlo en el teatro Jovellanos. Y como crítico, aunque sea ocasional, les remito a lo dicho al principio.

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