23 de mayo de 2008
23.05.2008
 

Un día de perros

23.05.2008 | 02:00

A una edad en la que la mayor parte de sus colegas viven de las rentas, Sydney Lumet sigue vivito y peleando con películas que demuestran tanto su incuestionable oficio como su dependencia de un guión en condiciones para brillar con luz propia. Antes que el diablo sepa que has muerto se aleja de la rama comodona y pagafacturas de su carrera para dar un paso atrás, a los tiempos en los que pretendía denunciar las miserias de la sociedad con mensajes claritos y contundentes. Pero lo hace con una mirada muy distinta a las combativas Serpico y Tarde de perros, una mirada comprensiva hacia cada uno de los personajes, sin tomar partido por ninguno y respaldándolos a todos en su toma de decisiones equivocadas, o directamente destructivas. La estructura le favorece: contar la misma historia cambiando el punto de vista es el camino más fácil para dar todo tipo de explicaciones sin pararse a dictar sentencia. Lo hace con una estética muy de los años setenta, en ocasiones discutible por recurrir a trucos visuales que se han quedado un poco anticuados, pero que, aporta a la película un sabor (y un saber) añejo que la hace agradable no sólo por sus méritos, sino también por su toque anacrónico en los tiempos que corren. Historia de destinos truncados por casualidades malignas, de sueños calcinados por la realidad más ingrata y de relaciones contradictorias y envenenadas, Antes que el diablo sepa que has muerto saca todo el juego a unos actores en estado de gracia cuando se trata de mostrar su desgracia, y aunque Tomei y Hawke ponen toda la carne en el asador con admirable convicción, son el incomensurable Hoffman y un desgarrador Finney quienes ponen al rojo vivo la pantalla con dos cortas pero intensísimas creaciones de padre atormentado e hijo arrasado por el fracaso, la culpa y el dolor. Sus escenas juntos son de antología, y en ese desenlace brutal en el que crimen y castigo se funden con una sencillez escalofriante se pone de manifiesto la absoluta libertad y coherencia con la que Lumet ha afrontado una obra a contracorriente de lo que se fabrica en Hollywood. Sin saber nunca lo que te espera en la siguiente espina de esta corona de flores fúnebres, con la sensación de que sus desdichados personajes viven un permanente día de perros, el espectador se convierte en testigo de una tragedia real como la muerte misma.

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