21 de enero de 2007
21.01.2007
Los otros. (Las personas que marcaron a los asturianos más destacados)

Aurelio González Ovies y la luz familiar

21.01.2007 | 03:45

Poeta nacido en Bañugues (Gozón) en 1964, es vicedecano de la Facultad de Filología de la Universidad de Oviedo. Encontró la luz del verso a los 12 años, cuando leyó una biografía de Miguel Hernández y descubrió su obra. Pero hoy habla de una persona de su entorno, su hermana mayor, María Jesús: «Es nuestro pegollu familiar».

(La cosa va de que una vez puestos en la playa de Bañugues, la de su infancia, piense una palabra. Una palabra que tenga su aquel, una chispa, y luego la escriba en la arena, para que aparezca retratado junto a ella en esta última página dominical de LA NUEVA ESPAÑA. La imagen compuesta por granos y letras viene a cuento, más o menos, porque como Aurelio González Ovies es poeta -además de profesor de Filología Latina y vicedecano de la Facultad de Filología de la Universidad de Oviedo- y los poetas son hombres movidos por dentro gracias a una tramoya de hilos de palabras, pues... En fin, que la cosa iba de eso).
Aurelio González Ovies, que tiene melena, un aire tranquilo y hasta algo melancólico, piensa unos segundos agachado, tantea en el aire con un palo escogido de los muchos que deja el mar en el arenal de Bañugues. Una bandada de gaviotas, que vigilaba justo en la orilla, se deja llevar lejos por las fuertes rachas de viento. Se quita de en medio. Cuando el fotógrafo le enfoca, el poeta escribe: «Luz».
La primera luz de la poesía la vio cuando contaba 12 años. En la biblioteca que había en las escuelas de Cerín encontró y se llevó a casa una biografía novelada de Miguel Hernández, nacido como pastor y muerto como poeta en prisión en 1942. Ovies, que caminó de su vida a su obra, encontró en los versos de Miguel Hernández la «sencillez», la capacidad de expresar los sentimientos «sin caer en la sensiblería, en lo blandengue, en lo hortera. Así que yo empecé a imitarle. Y eso que anteriormente no era precisamente un niño aficionado a la lectura», apunta.
El encuentro con Miguel Hernández le abrió un mundo que empezó a explorar casi compulsivamente. Comenta que en los siguientes tres años rellenó hojas y hojas con poemas -«no sé, habrá más de seiscientos»- que no tiene pensado dar nunca, como se dice comúnmente, a la luz de la imprenta.
Y una vez iluminado por los versos de Miguel Hernández, lo demás vino rodado. Pasó por Juan Ramón Jiménez, por Neruda, quedó también asombrado por Antonio Gamoneda, «un clásico vivo». «Y no lo digo por estos últimos premios que ha recibido, ya lo decía antes», comenta con una sonrisa. Total que ahora no concibe «la vida sin poesía».
-Pero si vas a poner algo, me gustaría que hablases de mi hermana mayor. Lo de Miguel Hernández ya lo he contado muchas veces.
Lo de su hermana, pocas.
Resulta que la poesía, al fin y al cabo, son palabras enlazadas con tino. Pero nada más. Resulta un artificio artístico que se lo lleva el viento, el tiempo o, mismamente, el mar, como la luz escrita en la fotografía superior y de la que ya no queda ni rastro. Acérquense por la playa de Bañugues y verán, verán. Sin embargo, hay cosas que permanecen por siempre, aunque tengan una callada presencia, como el ejemplo de María Jesús González Ovies, hermana mayor de Aurelio.
-Ella mantiene unidos a los hermanos. Es una muestra de fortaleza.
Cuenta el vicedecano de la Facultad de Filología que su hermana mayor no dudó en abandonar sus estudios universitarios para dejarle paso a él, pues la economía familiar no daba para mantener a dos hijos en la Universidad. Después, con el fallecimiento de la madre, la hermana mayor ocupó su puesto como piedra angular, encargándose de los cuidados diarios de su padre y de otros hermanos. Aparcó su vida para dar cauce a la de los demás.
-En la Universidad me cedió el sitio, dejó la carrera y se puso ella a trabajar. Y no es precisamente porque se le dieran mal los estudios. Es una persona muy inteligente, que se lee cinco libros por semana... Desde luego no le faltan facultades: es inteligente, atractiva, guapa. Pero es una persona que ha tenido la capacidad de perder el tren de su vida para ayudarnos a los demás a coger el nuestro.
-¿Y cree que su hermana es feliz?
-Yo creo que sí. Porque se siente necesaria. Y nosotros se lo recordamos cada día. Yo siempre digo que es nuestro «pegollu», la que nos mantiene a todos unidos como una piña.
Hay luces que no borra el mar.

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