01 de abril de 2008
01.04.2008

Primer paso II

01.04.2008 | 02:00
Primer paso II

Belén de Andrade monta en cólera al saber que su madre se ha ido y se escapa de casa y se mete en un mundo lleno de peligros. Abandona a su novio, un yuppie de tres al cuarto, y se va a vivir con unos okupas que la introducen en las arenas movedizas de las drogas, hasta que un día es recogida en la calle por una famosa modelo lesbiana que ha estado a punto de atropellarla y con la que vivirá un apasionado romance.


Llegados a este punto de la historia, Mario se dio cuenta de que le faltaban por meter en ella al dichoso espadachín y a la reina egipcia que triunfaban en otras novelas de moda. No dudó un segundo en tomar una decisión. Antes de irse al Senegal, Petra de Andrade visitaba a un hipnotizador para averiguar, por medio de la regresión, qué había sido en vidas anteriores. Petra averiguó así que en su almacén de reencarnaciones había una espía alemana, una amante de Goya, la emperatriz Sissi, una mujer pirata y una reina egipcia que había renunciado a su poder para huir con un esclavo igualito a George Clooney. La solución le pareció genial a Mario: el amor más allá del tiempo y el espacio, las almas gemelas que acaban unidas al cabo de los siglos.

¿Y el espadachín? Ahí no lo tenía tan claro, así que optó por tirarlo de cualquier manera en la historia de la hija enamorada de una modelo. Belén, tras rehabilitarse, se dedicaba al cine de la mano de su amante y protagonizaba con un actor igualito a George Clooney una película de capa y espada sobre un espadachín justiciero en el Siglo de Oro. Belén se enamoraba del actor, abandonaba a la modelo y se casaba. Él decidió pasar la luna de miel en Senegal, donde su padre trabajaba en misiones humanitarias. Una vez allí, se producía un emotivo encuentro entre Belén y su madre. La novela concluía con una frase que hiciera temblar los pañuelos en las manos de los lectores: Madre e hija se abrazaron bajo la luz aterciopelada del amanecer. Las sombras se alejaban de sus vidas y en su lugar anidaba una radiante y esperanzadora luz.

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