05 de abril de 2008
05.04.2008
 

El átomo

05.04.2008 | 02:00
El átomo

Allá por los años 70, Paul Newman dirigió una pequeña obra maestra titulada «Los efectos de los rayos gamma sobre las margaritas». Era una película pequeña que narraba las relaciones entre una madre más bien descarriada y su hija, una niña poco comunicativa y enamorada no del físico del campeón de rugby del colegio, sino de la física. Al final de aquella amarga historia de guerra abierta, la niña se quedaba sola en escena y pronunciaba unas palabras que, gracias a la sensibilidad de Newman tras las cámaras y el talento de la actriz delante de ellas, producían un escalofrío: «Átomo, qué hermosa palabra», decía, antes de añadir, como réplica a la rabia destructiva que su madre intentaba transmitirle: «No, mamá, no odio al mundo».


Martín vio aquella película con 16 años, en plena adolescencia turbulenta y devastadora de sentimientos inexplicables, emociones en carne viva y pensamientos cubiertos de ceniza. Recuerda que la vio de casualidad, acorralado por un inexplicable insomnio sobre el que no tenía dominio. Las películas, lo ha descubierto con el paso del tiempo, llegan cuando más las necesitas para abrirte los ojos. Aquel «no, mamá, no odio al mundo», le reconcilió con las tinieblas que le rodeaban, le hizo entender, en un único y conmovedor plano, que la belleza de las palabras y el placer de los sentidos son los mejores aliados contra la decepción y el abatimiento, y le ayudó a romper las barreras del entendimiento para comprender, o intuir, que la poesía habita en lugares insospechados y surge en momentos inesperados. Átomo, qué hermosa palabra.

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