28 de abril de 2008
28.04.2008

Náufragos del diario Pesares

28.04.2008 | 02:00

a lba: «Malas noches y mala suerte, me dijo Hugo en un intento desesperado por hacerse el gracioso. Hugo es de esas personas que no pueden estarse más de un minuto sin soltar alguna muestra de ingenio, o de lo que él considera ingenio, y que no es más que una engorrosa habilidad para ser un pelmazo. Claro que esto lo digo ahora, y no cuando le conocí por primera vez. Entonces me pareció el hombre más inteligente y gracioso del mundo. Me engañó, o me engañé, no sé qué es peor, o no sé qué es mejor. Dios, si es que el muy canalla me ha contagiado hasta sus juegos de palabras. Porque debo admitirlo: la mujer que soy tiene mucho de la mujer que él quería tener, y no de lo que yo quería ser. Nada me entristece más que estar con mis amigas y, de pronto, sentir ese click inconfundible que precede al abandono de tu cuerpo para permitirte ser testigo de lo que haces. De lo que dices: y entonces reconozco en mis palabras y actitudes los mismos errores que le cargo en el debe a Hugo. Es lo que tiene la convivencia forzosa: sin darte cuenta acumulas suciedad hasta que la costra ya te parece natural y no te preocupas por ella. Ni siquiera la percibes.

Tal vez mis amigas estén también hartas de mi forma de ser y no se atrevan a decírmelo por miedo a herirme. De hecho, es lo que yo hago con Hugo. Me callo para no herirle, y eso es contradictorio, porque ya he dejado de quererle y sus heridas no deberían preocuparme. Quizá, y esto no es más que una suposición sin valor alguno, no quiero herirle porque la principal perjudicada sería yo, el daño más grave recaería sobre mí al admitir con mi reproche que las sombras de Hugo forman parte de mi vida por haberlas consentido, por haberlas compartido, por haberlas reconocido. Al final, cuando miro a Hugo y sólo siento deseos de irme lejos para no aguantar sus manías y sus contradicciones cada vez más profundas, lo único que hago es admitir que su fracaso no es individual, sino que nos pertenece a los dos, por haber permitido que lo que una vez tuvimos se haya convertido ahora en una posesión inaudita de vacíos, de renuncias y pesares».

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