23 de mayo de 2008
23.05.2008
Náufragos del diario

Edades

23.05.2008 | 05:16
Edades

Alberto: «No suelo tomarme a la ligera las cargas que los demás tienen que arrastrar, por más que en muchos casos me parezcan mucho menos pesadas de lo que ellos creen. Cada uno es dueño de sus debilidades, y si una de ellas consiste en poner mayúsculas a problemas minúsculos, no seré yo quien ponga la menor objeción. Mi padre cumplió ayer 73 años, y en lugar de disfrutar de los beneficios de esa edad, como pueda ser estar vacunado contra la pérdida de tiempo o haber dejado atrás el ingrato carrusel de las ambiciones equivocadas, se dedica a lamentarse por no tener 30 años, y eso sólo puede significar, y que Dios me perdone por pensar eso de mi padre, que el balance que hace de su vida es negativo, que considera que su existencia está incompleta, y eso le deja profundamente insatisfecho. Y esa insatisfacción crece allí donde faltan fichas que nos olvidamos colocar, o que dejamos a un lado aún sabiendo que eran necesarias para completar el puzzle, para entendernos, o, al menos, para no ser unos completos extraños. Tengo claro que envejecer no es sólo sumar restas, no es cierto que la vida te empiece a quitar lo que te dio antes, porque vivir es crecer, o no es, y cuando superar cierto umbral de conocimiento no tiene sentido que desees regresar a edades tempranas en las que lo ignoras, en las que no sabes cómo defenderte porque los golpes vienen de todas partes y de manos invisibles, en las que eres manipulado para creer que una crema te hará más seductor o que un político de hará más feliz o que un piercing te hará ser distinto, más libre e independiente. Mi padre, si se sintiera cómodo y seguro con sus muchos años, que, en realidad, son poquísimos, podría aprovechar su experiencia para regresar siempre que quiera a las vidas que ha tenido, y ser niño soñador o adolescente perplejo o treintañero entusiasta o cuarentón asentado y servirse de ese archivo para disfrutarlo. Lo bueno de ser viejo es que nadie te reprochará que vuelvas a jugar como juega un niño: sin pensar en mañana, sin más ambición que disfrutar cada segundo como si fuera el primero, como si fuera el último».

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