29 de mayo de 2008
29.05.2008
Un millón

Utopías en Bolsa

29.05.2008 | 05:10
Utopías en Bolsa

Ahora que ya sabíamos que la cosa no tiene arreglo y lo que nos corresponde es arreglarnos a nosotros, llegan las grandes corporaciones a inocularnos la nueva conciencia. Hasta ahora la cosa iba así: primero nos contaron que las ideologías podían cambiar el mundo, pero luego nos dijeron que el mundo está bien como está y que el mercado no deja tocarlo, así que no quedaba más taller de reparación que la psicología para cambiar la percepción, una pieza fundamental. Necesitamos ayuda psicológica y el mercado la ofrece en abundancia: aparte de la especializada y personalizada que se anuncia con placa en los portales, la dan las revistas de los domingos y las de perfumes y bragas (que además, oye, te regalan un bolso, un capazo, un bikini...), libros de autoayuda de competitividad o rendición netamente capitalista, leyendas orientales y unas gotas de budismo compatible.

El fin de semana es para el «psicolage»: constrúyase usted mismo en su propia habitación orientada según los saberes del feng shui, mejore su percepción del mundo con aromaterapia, adoquínese la columna vertebral de piedras negras, autoayúdese, sea autosolidario (que la caridad bien entendida empieza por uno mismo). Estábamos en eso, comprando todo tipo de remedios milenarios (que no remediaron a los vivos de hace miles de años), probando productos exóticos con inimaginables propiedades y aprendiendo a respirar con el diafragma contra el estrés, cuando empiezan a surgir nuevos derechos y nuevas conciencias a cargo de las corporaciones. Hay nuevas utopías y cotizan en Bolsa.

Están Amnistía Internacional, Save the Children y mil más señalando que no se respeta un solo derecho humano en el mundo y se proclama que tienes derecho a internet en un anuncio post-Woodstock poblado de personas iluminadas por la serenidad y las linternas, y cuando todavía dudábamos si aceptar el reto de una nueva utopía de banda ancha llega la eléctrica y nos propone una nueva conciencia con una versión de carne y hueso de la pandilla de Mafalda y de la individualidad de Calvin y Hobbes (personaje de los chistes, no confundir con los pensadores). Niños concienciados que quieren tener hijos y niños egoístas que quieren montar en elefante y que les dejen hacer lo que les dé la gana.

Antes la energía era la fuerza, la ingeniería, ahora es la emoción y la ingeniosidad. «¿Acaso hay algo más apasionante que cambiar el mundo?». Y te rompe los esquemas porque hasta ahora creíamos que lo más apasionante era forrarte para ti y los tuyos disfrutando del placer de ganar a los demás. Sin ir más lejos, la felicidad era Manuel Pizarro saliendo de Endesa con 18,5 millones de euros por haberse ido. Pues no. Ahora la publicidad social con niños nos conmueve e ilumina hacia una nueva conciencia. Sin precisiones en el fondo -salvo la de enviar postales desde Saturno- pero con la inconfundible forma de la propaganda que nos convenció antes de que el mundo se podía cambiar. Qué tranquilizador.

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