30 de mayo de 2008
30.05.2008
Un millón

Ni es la avaricia ni es el saco

30.05.2008 | 05:12
Ni es la avaricia ni es el saco

La avaricia rompe el saco es un refrán obsoleto. Creo que era el sociólogo Amando de Miguel quien observó una vez que ya no quedan avariciosos quevedescos, más propios de sociedades de la miseria que de la abundancia.

La avaricia es el «afán desordenado de poseer y adquirir riqueza para atesorarla» y avaro es quien «reserva, oculta y escatima». Gracias a las páginas de sucesos de los periódicos sabemos que mueren algunos ricos de colchón después de una vida en la angostura pero el modelo actual -que está en las páginas de economía- va por la acumulación, sí, pero no para atesorarla sino para derrocharla y exhibirla.

Lo que sí abundan -con fortuna o sin ella- son los ambiciosos que, por definición, tienen «deseo ardiente de conseguir poder, riqueza, dignidades o fama». El diccionario está escrito por personas prudentes que colocan la disyuntiva «o» pero la ambición contemporánea es con «y», por tanto copulativa: quiere poder, riqueza, dignidades y fama y joder mucho. Y lo que sí rompe el saco es la lujuria, como consecuencia de según qué prácticas. Cabe decirlo ahora que el Vaticano está reordenando, poniendo al día y ampliando la lista de pecados.

Pero dejemos la lujuria (al menos en este artículo) para abundar en la avaricia, que es «un afán», palabra que remite al «trabajo, la fatiga y la penalidad». El deseo, que es propio de la ambición, evoca «el impulso, lo afectivo, la apetencia», tan de nuestro tiempo, como expresa magistralmente la publicidad.

Se entiende que no podemos tachar de «desordenado» a lo que rige nuestro orden pero no tendremos problema en adjetivarlo como ardiente. Salvo en caso de incendio, lo ardiente está bien valorado. En caso de incendio, rómpase el cristal, no el saco.

Para los ambiciosos no hay saco porque su medida se ha quedado pequeña. El saco contemporáneo del antiguo avaricioso son el contenedor y la bolsa. Lo que define nuestro presente es el tráfico de millones de contenedores de mercancías por todos los mares y la especulación, que engorda la Bolsa a todas las horas, porque cuando Nueva York se acuesta, Madrid se levanta y Tokio no caigo ahora cuando desayuna.

La Bolsa sube y baja pero no rompe, como demuestran sus sucesivas crisis en las que se empobrecen los que confundieron valor y precio y los otros se vuelven cresos.

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