30 de mayo de 2008
30.05.2008
 
Náufragos del diario

Los pasos del recuerdo

30.05.2008 | 05:11
Los pasos del recuerdo

Marina: «Durante los cinco años que pasé en Madrid estudiando una carrera que nunca llegué a ejercer -prefiero no pensar en los miles de minutos invertidos en una ruina tan costosa- viví en una cutre habitación de pensión en la que había pasado los últimos lustros un antiguo actor de teatro al que la vida había sacado a empellones de escena. Había dejado un olor a fatiga borrosa y aftershave varondandy, una maleta despanzurrada con un peine al que le faltaban varios dientes y, colgado de la pared encima de la cama, un pequeño cartel escrito a mano con tinta roja, una letra muy hermosa. Era una cita de Tagore: "Soy como un camino por la noche, que escucha, en silencio, los pasos de sus recuerdos". No la conocía. Bueno, de aquella yo era una ignorante absoluta, y aunque ahora no es que sepa mucho, al menos he leído lo suficiente para disimularlo. Aquella frase no me decía nada porque estaba muy lejos de la edad en la que podía tener algún sentido, pero me gustó cómo sonaban esas palabras, y, sobre todo, me gustó el toque íntimo de esa letra ensangrentada, sin duda próxima a una derrota que yo intuía devastadora. Cuando me fui de aquel lugar cinco inviernos después, me lo lleve como recuerdo sin sospechar que algún día, treinta inviernos más tarde, me lo encontraría al abrir la viaje caja de bragas donde lo había guardado con el resto de restos universitarios: mis papeletas con las notas ramplonas, las matrículas de horror, el carné de la biblioteca con una desconocida grapada en una esquina... Al desdoblar el cartel, vi que la letra ya no era roja, sino rosácea, y que una mancha de humedad había borrado algunas palabras. "Soy como un camino por la noche", leí en voz alta, "que escucha en silencio los pasos de sus recuerdos", y al escuchar mi voz en su reencuentro con un mensaje que había sido un extraño y que, de repente, se convertía en una amenaza por arrojarme a la intemperie, me sentí seguramente tan triste y desamparado como el hombre que lo escribió, no como una ruta hacia el alivio sino como la admisión de una certeza. Mis recuerdos son ya lo único que merece la pena en este camino de silencios y tinieblas que es mi vida. Sí, yo también me describo con letra que se desangra».

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