31 de mayo de 2008
31.05.2008
 

Un millón Javier Cuervo El arte de bajar las escaleras

31.05.2008 | 02:00
Un millón Javier Cuervo El arte de bajar las escaleras

En la calle, las escaleras son barreras arquitectónicas, y en los lugares cerrados para actos públicos son, además, barreras sociales y psicológicas para evitar la isocefalia por arriba, y el mismo ras por debajo. En muchos casos no hacen falta dos niveles para ver mejor, pero sí para que el que sube se vea mejor y sea mejor visto.


En los interiores, el orden se establece al hacerlos y está en su entrada principal y su salida de emergencia, sus pares e impares, su arriba y abajo y sus estancias públicas y privadas, su «sala vip» y su «staff only».


En muchos interiores no harían falta diferentes niveles, pero sin ellos no se crearían las otras barreras. Ahí es donde entra la escalera para subrayar los distintos niveles y la rampa para salvarlos. Cegados por la metáfora vital de la escalera con su empinados y sucesivos escalones, la rampa parece floja de moralidad.


Pero la escalera es difícil de subir y también de bajar y por eso Fidel Castro pasó a Youtube dando traspiés ante su partido en Cuba y por eso Juan Carlos I anda por los telediarios cayéndose delante de los empresarios en Barcelona. Solidariamente, el Telediario mostró tropezando en el mismo acto a Jordi Pujol y a Pasqual Maragall, ex presidentes de la Generalitat de Catalunya. No explicó el informativo el orden de tropezón para saber si el Rey estaba avisado por sus predecesores o si éstos no quisieron caer menos que su Majestad. Del Rey abajo, todos.


Cuando se establece una diferencia de nivel entre las personas y se refrenda arquitectónicamente con una plataforma en altura, siempre se corre ese riesgo y da la sensación de que la preparación que reciben los destinados a ascender cubre la subida pero no la bajada.


Hasta que no se impongan las rampas para salvar las alturas de las tarimas, los púlpitos y los estrados, los catedráticos, los oradores y los dignatarios tendrán que contar con la caída por las escaleras como un accidente laboral. Por ventura, ahí la seguridad en el trabajo funciona y siempre hay alguien para socorrerlos de todo, excepto del regocijo de verlos tropezar.

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