25 de octubre de 2009
25.10.2009
Un momento vital

En 1968 Jerónimo Granda decidió que mañana por la mañana no se levantaría

El músico dejó su trabajo administrativo para cantar, escribió su primera letra e hizo su primera actuación en solitario
Miles de horas de escenario con música y humor

25.10.2009 | 02:00
«Los 106». Desde la izquierda, Alejandro Villán, guitarra y voz; Jerónimo Granda, batería y cantante; Roberto Aladro, bajo y voz. Sentado Luis Fernando Cienfuegos, «Chento», guitarra y voz.

En 1968 Juan Jerónimo Granda, con la «mili» acabada y con su grupo musical, «Los 106», deshecho, dejó su trabajo de auxiliar de quinta en la administración de Tabacalera, compuso su primera canción y pasó a tocar en otros grupos de Oviedo y a cantar solo en Gijón. Juan empezaba a ser más Jerónimo.

Mañana por la mañana no me levanto..., escribió a lápiz Juan Jerónimo Granda, la tarde de un lunes de febrero de 1968 en su habitación de la casa paterna, un edificio de la Tabacalera, parte almacén, parte oficina, parte vivienda. Entre la calle General Elorza y el edificio había una huerta. La construcción albergaba dos viviendas: en una vivía el oficial mayor, Bricio Lombardero y su familia; en la otra, el guardés, Jerónimo Granda Cueva; su mujer, Rosa Menéndez, y sus cuatro hijos, una mujer y tres varones. Juan Jerónimo, el segundo, 23 años, bachiller superior, servicio militar cumplido, era auxiliar de quinta en la administración de Tabacalera, calle Jovellanos.


Y por la tarde tampoco...


Aquella mañana había ido al despacho del delegado, Victoriano Fernández Ladreda, a despedirse.


-Pero Juanín, ¿cómo que te vas?, ¿a dónde?


-A la calle.


-Hombre, quédate hasta que encuentres otra cosa.


Juanín, que cobraba casi 4.000 pesetas, quería la liquidación y dejar aquel trabajo en el que había entrado al dejar el instituto, a prueba, 700 al mes, sindicato de frutos y productos hortícolas. En los seis años que llevaba, el primero se encargó del papel de fumar y luego, como los 12 empleados de la casa, del papel del Estado. Era fácil y cómodo, de 9 a 14, cinco horas diarias, pero no le gustaba la oficina, calculó que le faltaban décadas para llegar a lo máximo, oficial mayor, vio lo que se cobraba y pensó «nomenó».


Y dicen que soy un vago?


Jerónimo acababa de licenciarse después de 20 meses. Campamento en Ferral del Bernesga (León). El resto, al lado de casa, compañía número 13, regimiento del Milán. Un mes en el cuerpo de ametralladoras, tirador de una Alfa que, con dos servidores, cosía a balazos la zona de maniobras del Naranco. El resto lo pasó en intendencia -otra oficina- lápiz y calculadora de mesa Olivetti, tratando con Osoro, Castejón y otros mayoristas para dar de comer cuatro veces al día a 800 hombres. Arroz con marisco, pollo a la jardinera. Allí vio la primera merluza congelada de su vida, piedras descargadas por volquete que, cocinadas, sabían bien. «Mili» por la mañana, Tabacalera por la tarde y por la noche, bastantes noches, actuación con «Los 106».


Y dicen que estoy muy loco...


«Los 106» era un conjunto musical moderno que tocaba calipsos, chachachás, twists, seguía los ritmos de Glenn Miller y las canciones de Nat King Cole, conocía a Elvis Presley por medio del mexicano Enrique Guzmán y se fijaba en el «Dúo Dinámico», los «Teen Tops», «Los Llopis» y, sobre todo, «Los Shadows». Ofrecía un repertorio para jóvenes, al que añadían alguna pieza clásica para mayores.


La música venía de atrás. Luis Fernando Cienfuegos, «Chento», hijo del jefe de estación de Lugones, compañero de Jerónimo en el Instituto Alfonso II, tenía guitarra y tocadiscos. Jerónimo probó su guitarra y le gustó tanto que, unos meses después, con unos amigos, se subió por primera vez a un escenario en el Hospicio (hoy hotel Reconquista) ante los huérfanos.


El cuarterto «Los 106», con instrumental, uniforme y foto de estudio en Dolsé, eran «Chento» (guitarra y voz); Roberto Aladro, que era mecánico de camiones (bajo y voz); Jerónimo (batería y cantante) y Alejandro Villán, que no trabajaba (guitarra y voz). Debutaron en Casa La Morena, Lugones, un baile que estaba enfrente de la estación de Refe. Cobraron 500 pesetas, de las que 300 fueron para el taxista, que llevaba y traía a los cuatro músicos, cargaba y descargaba instrumentos como uno más y esperaba al final de la actuación. Se repartieron las 200 pesetas restantes, a 50 por barba, para pagar la letra de los instrumentos a Musical Vila.


Al principio, con 17 años, Jerónimo era cantante y tocaba una guitarra eléctrica valenciana color verde sacabera. Luego Sergio, el titular de la percusión, no pudo actuar en las fiestas de Cangas de Onís y, contra la idea de suspender la actuación, Jerónimo se puso a la batería y cantó desde atrás. Había que pagar a Vila.


Y dicen muchas más cosas y a mí me importa muy poco.


Mañana por la mañana no voy arriba (bis)


No voy arriba ni abajo


No voy, no me da la gana


No voy, no tengo trabajo


«Los 106», que además de las actuaciones que conseguían en Luarca, en Trubia, de casino en casino, de baile en baile por Asturias, fueron el grupo que animó los bailes del Club de Tenis de Oviedo, se había deshecho antes de que Jerónimo acabara la «mili».


Y dicen que soy un vago y dicen que estoy muy loco...


En la casa de General Elorza no dijeron gran cosa al chaval porque dejara el trabajo fijo en la misma empresa que empleaba al padre. En 1968, cuando triunfaban «Los Brincos», «Los Bravos», «Los Sirex» y «Los Mustang», también en Asturias había una explosión de conjuntos. Jerónimo estuvo con «Los Juniors» y luego con «Los Líders» y con «Los cinco del Principado». Ese mismo 1968 en Cimadevilla (Gijón) hizo caso a Gerardo Tenreiro, minero de La Camocha y dueño de El mesón del Gallo, que en una noche de cantares en su local le dijo: «Chaval, tú tienes que cantar solo». Allí mismo empezaron sus actuaciones en solitario. A 300 diarias.


Y no salgo más de casa porque tengo miedo al coco.

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