24 de noviembre de 2009
24.11.2009
 

La felicidad, a la batuta

El ovetense Pablo González, de 34 años, dirige por primera vez en el teatro Campoamor con una brillante carrera musical ya consolidada - Su mayor éxito habrá sido superar el síndrome de fatiga crónica, una enfermedad supuestamente incurable que le paralizó durante cinco años

24.11.2009 | 01:00

Para un joven músico ovetense dirigir por primera vez en el teatro Campoamor debe ser un reto emocionante. Pablo González, que, al frente de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA), da vida estos días a la partitura del «Don Giovanni» de Mozart en la LXII Temporada de Ópera, lo afronta desde la consistente seguridad de una carrera ya plenamente consolidada. A sus 34 años ha dirigido centenares de obras en medio mundo, ha ganado concursos tan importantes como el de Cadaqués, en 2006 -mejor director joven de Europa- y desde el mes de julio es el director titular de la Orquesta Sinfónica de Barcelona, con un contrato de cinco años. Es un triunfador.

Pero hace todavía poco tiempo era un hombre condenado a la más negra desesperanza. Postrado casi todo el día en la cama, cualquier esfuerzo, por mínimo que fuera, le desbordaba. Apenas podía andar. No era capaz de leer más de diez minutos seguidos. Escuchar música, la pasión de su vida, le agobiaba. Ya era director de orquesta, con ochenta conciertos a sus espaldas, cuando le sobrevino una extraña dolencia, el síndrome de fatiga crónica. Se trata de una enfermedad biopsicológica, desencadenada por un virus, el llamado de Epstein-Barr, y potenciada por una actitud del paciente, en el caso de Pablo González, y según sus propias palabras, una autoexigencia desmesurada. Con rasgos similares a la fibromialgia, se la suele considerar una enfermedad incurable. Pero Pablo González, tras cinco interminables años de postración, logró liberarse de ella. Hoy se considera plenamente curado. La mejor prueba es que no tiene el menor problema en hablar de lo que le ocurrió. Lo ha hecho con todo detalle en decenas de entrevistas. No es exhibicionismo sino solidaridad. Al contar lo que le ocurrió quiere transmitir esperanza a quienes se encuentran en el que fue su caso y les han dicho que lo suyo no tiene salida.

A él le ayuda a encontrarla John Eaton, un médico inglés que no utiliza fármacos y usa los métodos de la filosofía zen. Eaton le mostró el camino y Pablo salió del túnel por sus propios medios. Él lo explica de forma tan brillante como nada dogmática. Lo hizo, por ejemplo, en LA NUEVA ESPAÑA, cuando este periódico le entregó el «Asturiano del mes» de mayo de 2006 tras su éxito de Cadaqués. Pablo González no denigra la medicina hipocrática, en cuyos enormes progresos cree, ni tampoco al cristianismo, del que dice haberse apartado pese a la admiración que le suscita Jesucristo. No es budista, pero elogia su visión del mundo y la forma en que integra en él a la persona. «Mi enfermedad estaba ahí para que aprendiera a ser feliz», diría más tarde. «Me ha ayudado a tomar las riendas de mi vida, a entender que se puede ser feliz con sólo querer serlo. La felicidad es sobre todo una cuestión de actitud».

Hoy ejerce esa felicidad desde un podio al frente de unos músicos. Conoce las claves. «Lo más importante para un director es tener capacidad de liderazgo, porque, si falla ese requisito básico, lo demás no sirve para nada. Yo cuando llegué a Inglaterra» -fue director asistente en la orquesta de Bournemouth- «y me presenté a mi primer maestro, me dijo: "¿Así que quieres ser director de orquesta? ¿Tienes amigos? Pues empieza con ellos"».

Aquella vez no contó si siguió el consejo al pie de la letra, pero seguro que hubiera podido. Sus compañeros del Instituto Aramo, donde estudió, lo describen como un chico con un talento excepcional y al mismo tiempo con un carácter encantador. «Muy despistado, eso sí». Como suelen ser los genios.

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