04 de febrero de 2010
04.02.2010

La fuente rusa del bar La Fuente

Roberto Flórez, el ex espía asturiano que afronta la primera condena de la democracia por traición, es tan elocuente como arrojado e indiscreto

03.02.2010 | 01:00
La fuente rusa del bar La Fuente

Los espías, por aquello de la doblez que exige el oficio, tienen que ser Géminis. Roberto Flórez García nació en Bayo (Grado) el 22 de mayo, justo cuando el calendario se adentra en la casa de los gemelos del Zodiaco. No obstante, quien desconfíe de planetas y estrellas pero busque más predestinación en la biografía del primer español enjuiciado en democracia por traición debería saber que aquel niño desenvuelto que con el andar del tiempo habría de convertirse, supuestamente, en refrescante fuente donde los rusos bebieron todos los secretos del espionaje español, se crió en un bar tienda llamado precisamente así: bar La Fuente. La vida parecía llegarle escrita en clave.

Si no es por el nombre, quienes lo conocieron de niño no hubieran identificado a Flórez cuando lo vieron aparecer en periódicos y televisiones, envuelto en una inverosímil historia de espías. Habían dejado perdido en la memoria a «Robertín» y se habían reencontrado con un señor cualquiera, pues nuestro espía resulta difícil de describir. Es un tipo común, un Míster Potato sin nariz, gafas y orejas que le caractericen. Es, afinando al máximo, un señor gordito de cabeza afeitada y manos gordezuelas que dentro de cinco meses cumplirá 45 años y, si se cumple la petición de pena de la fiscalía y del Estado, que se enfrente a doce más a la sombra.

Quién es ahora el ex espía Flórez no lo saben los de Bayo. Pueden decir quien fue: un chaval con mucha facilidad de palabra, mucha; un guaje inteligente que dibujaba muy bien y de todo; un tipo más bajo que su único hermano, José Antonio; recuerdan al muchacho que se echó el negocio familiar a cuestas y atendió en el bar La Fuente durante unos meses, tras el fallecimiento de su madre, Rosita. Su padre, Antonio, ya había muerto hacía tiempo. Luego, Robertín, con 19 años, se metió a guardia civil. Que se sepa, no había tradición familiar en el cuerpo. Como mucho, un marido de una prima, «que era de la secreta». Luego Robertín se fue diluyendo en la memoria colectiva de quienes lo vieron crecer en Bayo.

Ahora el que aparece en escena es el cabo Flórez. Tiene 26 años. Corre el año 1991 y está en el cuartel de Inchaurrondo, el bastión antiterrorista comandado por el general Galindo. El cabo es un «pata negra», uno de los especialistas en información. Está en el frente contra ETA y, en sólo un año, le abren la puerta de acceso a los servicios secretos españoles, el CESID. Mantiene la elocuencia que tenía de niño. Es un tipo echao palante, que toreaba arrimándose. Superiores suyos en aquella época han manifestado a distintos medios que Flórez era muy bueno en lo suyo, que logró colarse bien dentro de la serpiente independentista, un tipo tan convincente que podría vender un toro de Osborne a un kaleborroko. Otros dicen que se quiere demasiado y a veces se pasa de indiscreto, que como los conquistadores de pega, juega al parchís. O sea, que se come una pero cuenta veinte.

Durante la etapa en San Sebastián tiene su primer encontronazo con el periodismo, una profesión donde encontró a su actual esposa, María José Espinosa (una tinerfeña hija del conocido y prestigioso traumatólogo Luis Espinosa García-Estrada) pero que también fue su perdición porque ¿habrá cosa peor para un espía que aparecer retratado en los papeles? Eso fue precisamente lo que le ocurrió a Flórez. Y por tres veces. La primera: el entorno etarra identificó a aquel hombre que lo mismo peroraba en una herriko taberna que luego saludaba a un general de la Guardia Civil. «Egin» publicó su foto. Estaba quemado. Tuvieron que sacarlo de allí a todo meter.

El siguiente destape de Flórez fue en Perú. El diario «La República» publicaba en 2000 una foto del espía asturiano nada menos que en primera página. Aparecía asomado a la ventanilla de un coche, muy despreocupadamente. «¡Espiaba a Toledo!», exclamaba el titular. Otra vez lo habían quemado. Flórez fue enviado al país andino como adjunto al agregado de información de la Embajada Española en Lima, Juan Coll Real. Había conseguido infiltrarse como «experto en temas de comunicación» en la plataforma Perú Posible de Alejandro Toledo pese a que, según distintas informaciones, el entorno de Toledo sabía que Flórez era funcionario español y que decía trabajar como auxiliar en el Embajada. Logró acceder al equipo de campaña del hombre que sucedería al corrupto Fujimori al frente del país.

Todo esto hasta que se topó con el olfato del periodista peruano Gustavo Gorriti, muy conocido por haber destapado varios escándalos de corrupción. «Me bastaron cinco minutos para darme cuenta de que ese señor no era un periodista», se vanagloria Gorriti. Lo vio claro. Primero: si Flórez decía que trabajaba en la Embajada española ¿por qué apenas iba ya a su puesto de trabajo oficial y pasaba cada vez más tiempo con Toledo? Segundo: Flórez no supo qué responder cuando Gorriti le preguntó por nombres de los enviados especiales españoles que viajarían a Perú a cubrir la campaña. Tras quedar desenmascarado, ambos se despidieron muy malamente.

-Es la última vez que nos damos la mano, Gorriti.

-Flórez, yo sólo les doy la mano a los amigos y a quienes respeto.

-Que sepas que voy a volver -dijo el agente descubierto haciendo una señal de la cruz con la mano, un requiescat in pacem.

-Flórez, otros han intentado matarme y no lo han conseguido.

-Yo soy pacifista. Serán otros quienes te vayan a poner bajo las piedras.

-Inténtalo.

Con esta conversación de película de espías -desvelada por el diario «La República» en junio de 2000- terminaba la aventura peruana de Flórez. Le tocaba ahora el nuevo episodio de una biografía ya demasiado pública para un agente secreto y que habría de conducirlo al banquillo de los acusados de la Audiencia Provincial de Madrid, donde su juicio quedó el lunes visto para sentencia.

Ya de vuelta a Madrid, Flórez es destinado a la sede del servicio secreto español. Volvía a «La Casa». En el edificio de la Cuesta de las Perdices trabajó en el área de Rusia. Aguantó cuatro años. En 25 de enero de 2004 recibió la baja definitiva. Terminaba así una etapa en la que, según la fiscalía, este géminis daba una cara de servidor del Estado mientras su gemelo suministraba detallada información a los rusos sobre la estructura y agentes del servicio secreto español, una información por la que habría cobrado 200.000 euros. El proceso judicial abierto contra Flórez detalla cómo habría ofrecido sus servicios. Nada de citas en lugares públicos, en bancos marcados por periódicos doblados, con bisbiseos detrás de unas gafas de sol. El método eran unas explícitas cartas enviadas al señor Melnikov, jefe de los espías rusos en España. La primera comenzaba así: «Soy un directivo del CESID que tiene interés de comunicarle su disposición a colaborar con el servicio y el país que usted representa». Luego se ofrecía a detallar el «quién es quién» del servicio secreto español. Flórez aseguró en el juicio que las cartas eran falsas, que formaban parte de un ejercicio encargado por sus superiores.

Entre 2000 y 2004 estuvo, según la fiscalía, enredado en el negocio de tan peligrosa correspondencia. Luego, tras dejar «La Casa», se fue a la isla natal de su mujer, Tenerife. Iba rumbo a su tercera aparición en las portadas de los periódicos. Antes de que saliera de nuevo fotografiado -esta vez esposado y con el rostro cubierto- el día de su detención, el 23 de julio de 2007, Flórez intentaba ganarse la vida dando cursos de «resolución de conflictos» y buscaba algún contrato en ayuntamientos de la zona. Vivía en la calle Casa Azul, barrio de La Vera, en Puerto de la Cruz, y ofreció sus servicios gratis a la asociación de vecinos para darles un curso a los chavales de la zona. El título del taller era: «Resolución de conflictos. Trabajando por la paz». Como le dijo al periodista Gorriti, Flórez era un pacifista. Cuando lo detuvieron, se armó la marimorena. Nadie podía creerse en el barrio que fuera espía aquel tipo que habían visto con perilla cana, mofletes, chanclas y un polo naranja que no escondía una tableta de abdominales.

Tercera vez que salía quemado. Ahora se enfrenta a doce años de cárcel por traición a la patria. En la página web de su empresa de resolución de conflictos aún figura esta sentencia de Aristóteles: «La inteligencia consiste no sólo en el conocimiento, sino también en la destreza de aplicar los conocimientos a la práctica». Suspendió la práctica.

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