14 de marzo de 2010
14.03.2010
Un momento vital

La última papeleta de Ana Cano

La presidenta de la Academia de la Llingua, cumplidora implacable de sus planes anuales, tenía la carrera acabada, a falta de la nota del profesor Galmés
Una vida de currículum

14.03.2010 | 01:00
Ana Cano, maestra en Tuilla (curso 1968-1969). La primera niña de la izquierda, de pie, en un recuadro, es Aquilina Fueyo, que fue decana de la Facultad de Ciencias de la Educación hasta el año pasado.

La presidenta de la Academia de la Llingua Asturiana tenía 22 años en septiembre de 1972, era maestra desde hacía cinco años y acababa Filología; pero a su regreso de Polonia, el profesor Álvaro Galmés, catedrático de Filología Románica, había sacado las calificaciones, pero no la papeleta que justificaba su nota.

Faltaba la papeleta del profesor Galmés, que el curso anterior le había dado matrícula de honor. Ana Cano tenía todo quinto de Filología sacado, pero no su papeleta de Filología Románica. Subió la escalera a la segunda planta del edificio de Feijoo hacia el despacho que ocupaba la esquina interior de la «L» de San Vicente. Álvaro Galmés de Fuentes había sido su profesor de Árabe en primero y segundo, y de Filología Románica en cuarto y quinto. Mejor en románica que en árabe.


Ana Cano tenía 22 años, había crecido en la Ciudad Naranco de Oviedo y era maestra desde hacía un lustro. Su familia había emigrado de Vil.larín, valle de Saliencia, a siete kilómetros de la carretera por la que se bajaba a la Mesta de los Ríos hasta que pasara un Alsa.


Ella era la mayor de cuatro hermanos y cuando acabó el Bachillerato Elemental y aprobó la reválida, pasó a Magisterio por indicación de su madre, para tener pronto algo y desahogar en casa. Estudió en la Escuela Normal, en Llamaquique, pero en los recreos se iba con las amigas de Instituto Femenino. Acabó con buenas notas curso por curso y, como se había prometido, se matriculó en la Universidad, que para ella era la panacea de la sabiduría. Desde cría había querido saber todo, los nombres de las plantas y de las vacas, y aprendía rápido. Quiso matricularse en Pedagogía en Madrid, pero envió los papeles fuera de plazo y entró en Filosofía y Letras para hacer Filología Románica.


El primer curso, 1967-68, sacó el número uno en las oposiciones de Magisterio, daba 4 horas de clase a bachilleres en la Academia Carmina de la calle Pérez de la Sala y estudiaba en el edificio histórico de la calle San Francisco. Así era su modelo de año: hacer implacablemente muchas cosas concretas.


Al curso siguiente era maestra propietaria provisional de Tuilla con 30 rapacinos a su cargo. Cada día tomaba el Vasco y al regreso quedaba con compañeras en la biblioteca o en el Rialto para que le pasaran los apuntes. En tercero empezaba la especialidad y quería dedicarse a estudiar por entero. Iba a tener la plaza de maestra en propiedad y solicitaría la excedencia. Para no fastidiar a otro opositor, no pidió Oviedo, sino Somiedo, y allí estuvo dos meses en una escuela con alumnos de distintas edades, hasta que llegó el sustituto. Nunca había perdido la relación con Somiedo. Hasta el año anterior había ido a la hierba todos los veranos. Hablaba asturiano de Somiedo. En clase de Dialectología de Jesús Neira fue consciente de que la lengua materna que amaba no era hablar mal sino un romance del latín como otro.


Como universitaria, Ana Cano era más de izquierdas que de derechas. Nada agitadora, procedía del movimiento cristiano de base y tenía su pandilla de Facultad desde tercero con Manuel Gutiérrez Tuñón y Rafael Tomás Sanchís, a través del cual había conocido a un chico de un curso superior, Antonio Fernández Insuela (con el que ennovió después de la carrera y hoy es su marido). Fue torturada por películas en el Palladium, era lectora de teatro y viajera.


Empezó en los veranos trabajando de «au pair» en Francia, en un château de Campagne, cuidando a dos nietos de una farmacéutica, y se hizo amiga de la otra «au pair», una estudiante de la Universidad de Varsovia llamada Eva Winter, que cuidaba a otra pareja de nietos. De aquel verano sacó un septiembre en París para ver todos sus museos de arte. No lo logró, pero regresó enamorada del impresionismo.


Los cursos siguientes hizo intercambio con Eva Winter, que vino a España y recorrieron el país en auto-stop y pensiones.


Cuando subía para pedirle a Galmés la papeleta con su nota, regresaba de una paliza de expresos nocturnos Varsovia-París-Oviedo después de un mes por Polonia. Había conocido Gdansk, las minas de sal de Cracovia y Auschwitz, un horror que la tuvo sin dormir. También el comunismo de los servicios básicos atendidos -Eva era huérfana y el Estado la formaba y le daba una pequeña vivienda-, la religiosidad fetichista permitida de algunos polacos, el teatro de vanguardia prohibido en España y su primera ópera, «Carmen», en el teatro Real de Varsovia, a precio de cine, vestida de vaqueros y recinto a rebosar.


Entró en el departamento y Galmés, mediana estatura, traje y corbata, gafas, tan tímido como educado y de mal carácter, siempre en lo alto del «usted», le dijo:


Señorita, no saqué su papeleta, para que viniera a hablar conmigo. Es usted mi mejor alumna y quisiera que trabajara en el departamento». Entró en octubre de 1972 en el departamento de Filología Románica. Allí sigue.

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