02 de mayo de 2010
02.05.2010
Un momento vital

Rosina lee su diario en casa de tío Sebas

Gómez-Baeza, directora de Laboral Centro de Arte, recuerda cuando leyó sus textos de 13 años en casa de su tío Sebastián Miranda ante Marañón y otros amigos
De los congresos al arte

02.05.2010 | 12:45
Rosina, a los 11 años, en un busto de 28 x 20 x 10 realizado por su tío abuelo Sebastián Miranda.

Recuperándose de un principio de tuberculosis, Rosina Gómez-Baeza trató mucho a su tío abuelo el escultor Sebastián Miranda, amigo de intelectuales, artistas y aristócratas libres del qué dirán. La integró en aquel ambiente pidiéndole que leyera parte de su diario de los 13 años.

El número 18 de la avenida de la Moncloa es una casa racionalista de ladrillo del arquitecto Secundino Zuazo en la que vive el escultor ovetense Sebastián Miranda. Tiene un jardín español con fuentes, cipreses, lilas y boj y un cenador que se usa en verano porque la zona es poco transitada.


El edificio tiene cuatro plantas. Abajo están el gran estudio y la sala de vaciado. En un altillo hay dos habitaciones para el servicio, lavadero y un cuarto donde se guardan bajo llave perpetua los vestidos de Balenciaga y el resto de la ropa de Lucila, que el escultor trajo de París, donde ella murió de tuberculosis y lo dejó viudo para siempre. Por la escalera de servicio se llega al gran office, al comedor, al salón y al hall, donde hay un retrato del escultor realizado por Zuloaga en 1942. Más arriba están los dormitorios. El de Sebastián Miranda es grande, con vestidor y cuarto de baño. Hay dos dormitorios más, con cuarto de baño. Hay dos terrazas. En verano, al escultor le gustaba sacar la cama protegida por una mosquitera y dormir a la fresca.


Ahora es un día de la Semana Santa de 1955 y la vida está en el salón, enorme, abovedado, con buena plata y antigüedades españolas. Hay colgados dos bodegones, uno de tres manzanas de Zuloaga, otro muy hermoso de Gutiérrez Solana y un tercer cuadro de Benjamín Palencia. Las alfombras son de la Real Fábrica de Tapices. La chimenea, al fondo, está encendida con leños de encina. En medio del salón hay una mesa repleta de libros y de lámparas, un sofá enorme y, a sus lados, butacas en un espacio para acomodar a ocho personas.


Acaban de comer según las sabias maneras de Luisa, a la que llaman «La Sariega» porque hay más luisas en la familia. Era una cocinera asturiana de ojos grandes, tez áspera y roja y manos habilísimas para la menestra con carne, las verdinas con almejas, la merluza en salsa verde, el pollo guisado y el civet de liebre o las perdices que prepara cuando Sebastián Miranda sale con su Rover tapizado en cuero a cazar a la finca de algún amigo o amiga en los alrededores de Madrid. «La Sariega» había estado en Francia en el exilio del artista en 1936.


Por esa casa, en pequeños grupos para que la comida pueda ser excelente, han pasado artistas, periodistas, intelectuales, toreros, diplomáticos y aristócratas. En ese salón estuvieron Audrey Hepburn y Mel Ferrer, Dominguín, Ava Gardner y Biddle Duke, embajador de Estados Unidos, muy amigo del escultor.


Hoy están el polígrafo y taurófilo José María Cossío; el médico y ensayista Gregorio Marañón; el periodista y gastrónomo Julio Camba; el autor costumbrista y crítico taurino Antonio Díaz-Cañabate; el torero castellano Domingo Ortega y el humorista y cineasta Edgar Neville. El epicentro del círculo de confianza de un hombre que dedicó su vida a cultivar la amistad.


Es la tertulia, están encendidos los habanos y las miradas reposan en la sobrina nieta del anfitrión, una pubescente de melena rubia rizada hasta media espalda que viste falda escocesa, blusa, cardigan y medias hasta la rodilla. Estudiando en Inglaterra, le diagnosticaron complejo primario, principio de tuberculosis, y regresó a Madrid con sus padres porque el clima seco es bueno. Le está llevando meses reponerse, se siente cansada y cae en estados de melancolía.


De su estancia en el colegio inglés trae un hábito que allí hacen cultivar: escribe un diario en el que, con su letra sin domesticar, repasa el día, resume lecturas, reflexiona y compone poesías cortas. Su tío Sebas, sesentón de vitalidad incontenible, maravillosamente vestido, con la manicura hecha para quitar los restos del barro con el que trabaja, rodeado de cosas exquisitas -sábanas y manteles de hilo, flores en la mesa-, que gusta del buen vino, la música, los toros y la conversación, le pidió que le dejara leer esos escritos y ella accedió sin reparo. Luego le demandó que en la próxima comida con amigos leyera unos párrafos.


En ese momento está Rosina Gómez-Baeza Tinturé leyendo en su diario de cuero azul y llavecita poesías sobre rosas y jazmines y una idea literaria de la muerte unida a sentimientos hermosos que viene de lo que la ha impresionado la desdichada Ofelia de Hamlet que estudió en el colegio. Todo eso está encajando y desencajando en un cuerpo enfermo -y que, a la vez, se manifiesta- y una mente que recoge informaciones cada vez más sutiles. Lee sin pudor porque ha visto en esa casa pautas de creatividad libre y porque no está mamá. Cuando cesa y cierra, Cossío la anima a seguir con sus escritos.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine