17 de mayo de 2010
17.05.2010
 
Sólo será un minuto

Eterno

17.05.2010 | 02:00
Eterno

Iñigo: «Decían que era misión imposible. Sin duda, lo parecía. Rebeca era la mujer más guapa de la facultad y nadie se perdía una clase sólo para poder verla. Yo, tampoco. Daba igual la asignatura, lo importante era estar cerca de aquella muchacha de cabellera rubia y ojos verdes a la que las fotografías no hacían justicia por buenas que fuesen. Su amabilidad era tan llamativa como su desinterés por los pretendientes que la acechaban con tenacidad digna de peores causas. Supongo que le llamó la atención que yo no perteneciera al club de buitres con sonrisa alelada. A pesar de su encanto nada artificial y de su naturalidad casi insultante, no podía evadirse a la curiosidad, y mi ausencia de sus territorios entre clase y clase era algo que no encajaba en sus previsiones. Quizá por eso se sentó a mi lado en la cafetería obligándome a dejar de escuchar el «Nessun dorma». ¿Puedo hacerte una pregunta?, dijo. Y dos, respondí. Me basta con una, dijo, ¿te caigo mal? Me encogí de hombros. Ni bien ni mal, dije, no te conozco. Pero no intentas conocerme, dijo ella, me trato con todos mis compañeros menos contigo. ¿Tienes un cupo de relaciones que cubrir?, pregunté, y me odié por ello. Frunció el ceño, pero aun así estaba guapa. Ya veo, dijo, no tienes nada contra mí, sólo es que eres un borde. Y se levantó y se fue. Me sentía vigilado por toda la cafetería. Cuando acabaron las clases, incómodo e intrigado, esperé a que ella saliera para seguirla. La vi entrar en su portal, la imaginé subiendo por el ascensor, abrir la puerta, entrar en su casa, caminar hasta su habitación y descolgar el teléfono. Soy yo, el borde, dije. ¿Cómo tienes mi número?, preguntó. Lo pusiste en el tablón cuando te ofreciste para dar clases de alemán, dije. Silencio. Además de borde eres listillo, dijo, ¿qué quieres? Y, en ese instante, mientras mi cerebro buscaba una respuesta a la altura de su pregunta, tuve la certeza de que nunca más volvería a mirar a otra mujer con deseos de seguir sus pasos. Esperaba que lo supieras tú, dije, y ella guardó silencio durante unos segundos que me hicieron eterno».

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