26 de mayo de 2010
26.05.2010
 
Un millón

No hay final bueno

26.05.2010 | 02:00
No hay final bueno

No hay final bueno. Mira la vida. Pocos se conforman con que acabe en muerte, aunque todos sabemos que termina así. ¿Cómo va a satisfacer el final de la serie «Perdidos» a sus más fanáticos seguidores, los que regalaron una noche al desvelo para presenciar el primer desenlace universal simultáneo de una ficción televisiva? Es imposible. Por la propia naturaleza de esta enrevesada historia del catastrófico vuelo 815 de Oceanic. A diferencia de la vida, que es una mecanismo de generar decepciones, «Perdidos» fue una máquina de generar expectativas. Un misterio largo -incluso demasiado largo- que planteaba interrogantes sobre interrogantes y prometía que, al final, se resolvería, entendería y encajaría todo.


La oferta era magnífica porque presentaba un planteamiento y un desarrollo intrigantes, pero prometía todo el confort de la explicación plena, del encaje del puzle de mil piezas que resulta ser un velero en alta mar, del sentido final de los aparentes sinsentidos. Exactamente al revés que la vida con su media docena de preguntas sin contestar por un montón de ciencias y saberes ampliados a lo largo de los siglos.


Parece que «Lost» ha resuelto sólo unas pocas interrogantes y que, como la vida, deja en el aire un disparate ocupado por gente perdida que, a veces, entre perrerías, se entretiene.


Aunque estuviera abocada a terminar, nos acostumbramos a las rutinas y «Perdidos» ya lo era, aunque trabajara en sentido contrario al hábito y la repetición. Llegó hasta el final, más de lo que le pasó a «Twin Peaks» en su momento. «Los Soprano» acabó desenchufando la acción cuando la familia mafiosa italo-americana iniciaba una comida bajo una sospechosa sensación de peligro. Acabó como empezó: nos enchufamos y nos desenchufamos a una ficción televisiva de un grupo de personas en peligro de muerte, lo que, muy resumido, es la vida.

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