16 de junio de 2010
16.06.2010
 

Los nuevos caballeros del Toisón

El Rey entrega el collar a Javier Solana, «gran español y gran europeo», y a Víctor García de la Concha, impulsor «de la unidad de la lengua»

16.06.2010 | 02:00

Madrid / Oviedo, P. R.

Fue un acto solemne, familiar y emotivo. El Rey entregó el Toisón de Oro, la mayor distinción de la Corona, al político socialista Javier Solana y al filólogo y director de la Real Academia Española, el asturiano Víctor García de la Concha. Ambos, dijo, han trabajado «por una España moderna y democrática, abierta, tolerante y conciliadora, orgullosa de su unidad en la pluralidad y diversidad».


El acto se celebró en el Palacio de la Zarzuela. Asistieron la Reina, los Príncipes de Asturias y los caballeros de la Orden Simeón de Sajonia Coburgo y el infante don Carlos, acompañados de sus esposas, Margarita de Bulgaria y Ana de Francia, respectivamente. También estuvieron las esposas de Solana y De la Concha, sus hijos y una pequeña representación de las academias, en la que figuraba el escritor Mario Vargas Llosa.


El Rey destacó de García de la Concha su impulso a «la unidad de la lengua» y su «activa y decidida voluntad» de contribuir a su expansión en el mundo, «como idioma que pertenece por igual a todos los que lo hablan». De la Concha dijo que se había dedicado «en cuerpo y alma» a la tarea de fomentar la relación de las 22 academias de lengua española. Ése fue, añadió, el «mandato claro» que recibió del Monarca cuando le visitó recién elegido director de la RAE. «La unidad de la lengua constituye uno de los hechos más grandiosos de la historia de la cultura», subrayó citando a Ramón Menéndez Pidal.


Don Juan Carlos definió a Solana como «gran español y gran europeo», que asumió la Secretaría General de la Alianza Atlántica «en tiempos complejos» y supo dotar a la UE «del rostro del que había carecido hasta entonces en materia de política exterior y de seguridad». Un emocionado y agradecido Solana respondió, recordando al Quijote, que siempre había sido su empeño ponerse «en aventuras sin atender comodidades ni provechos, porque algunos se paseaban por el mundo sin salir de sus aposentos, mirando un mapa, y otros debieron emplearse y enfrentarse a las inclemencias del tiempo, de noche y de día, para medir la tierra con sus propios pies».

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