27 de junio de 2010
27.06.2010
Un momento vital

El largo camino al arte de Ricardo Mojardín pasó por laminación en frío

Entró de aprendiz de electrónica
en Ensidesa a los 16 años y siguió
en la fábrica hasta los 30
Curso acelerado de grabado

27.06.2010 | 02:00
Los técnicos del turno D de mantenimiento electrónico. De izquierda a derecha, Miguel S. de Benito, José A. Expósito, Ricardo Mojardín, Manolo García y Juan J. Areces (entre 1976 y 1978).

El artista plástico Ricardo Mojardín tuvo que convencerse en la adolescencia de que no podría vivir de lo que creaba para aceptar que trabajaría de electrónico en Ensidesa. El día en que entró en la fábrica, de aprendiz, con 16 años, se sintió muy pequeño entre hombres y máquinas de dimensiones fabulosas.

En la listería de Trasona ha fichado por primera vez en su vida, se ha enfundado en el mono de Ensidesa, se ha calzado las botas, se ha puesto el casco y ha cruzado un puente. La nave principal de Laminación Este de Ensidesa se levanta más de 30 metros, tiene 500 de ancho y varios kilómetros de largo. El aprendiz electrónico Ricardo Mojardín, que tiene 16 años y no ha acabado de crecer, siente que rompe la escala de este mundo con maquinaria y paisanos enormes. Pasan unos minutos de las ocho de la mañana de un día de principios de julio de 1973. Acaba de cruzar una puerta inmensa y le gustaría salir por ella cuanto antes.


En adelante, junto a un grupo de oficiales y bajo el mando de un maestro, atenderá el mantenimiento electrónico del temperizado, galvanizado y la hojalata en un pequeño taller en la gigantesca nave. Es un trabajo de lo más limpio, moderno y creativo del proceso siderúrgico; pero, durante un tiempo, cruzar la alambrada, pasar la portería donde el guardia le pide el carné, ver los almacenes de chapa y oír estruendos le traerá a la cabeza la imagen de un campo de concentración en el que pasa encerrado ocho horas al día.


Para llegar a lo que hace, Ricardo Mojardín se ha tenido que construir un sólido convencimiento: aunque tenga aptitudes para la pintura, nunca podrá vivir del arte.


Ricardo creció en Las Vegas (Corvera), donde su padre, Óscar, quiso que la familia prosperase con su salario de obrero industrial raso, pero sus veranos transcurrieron por entero en la casa de los abuelos maternos, en El Rebollal.


En ese caserío boalense sin vecindad a 5 kilómetros a la redonda cuidó de las vacas, llevó la comida a los que segaban y empuñó la fesoria conforme fue tendiendo edad y fuerzas. Allí empezó a interesarse por la naturaleza -observando los bichos y construyendo cabañas y cercados para hormigas- y por el dibujo, explanando la tierra para rasguear con un palín.


Algo vieron en él porque a los 10 años su tía Pilar le regaló una caja de acuarelas que concretó su afición y le estimuló a presentarse a concursos infantiles de dibujo de la asociación artística de Ensidesa. Dibujar le parecía natural. En el Instituto de La Luz jugaba a plasmar en papel lo que sus compañeros le iban pidiendo. El año que le dio clase Vicente Santarúa el profesor vio la copia en color que había hecho de un billete de mil pesetas y le dijo que debería hacer grabado en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. A Mojardín eso le pareció tan lejano como China.


Le atraía más la naturaleza. Los lobos le fascinaban. De pequeño eran un miedo de cuento y de verdad que sentía cuando cruzaba la sierra para llevar la comida a la familia que trabajaba en la hierba. Luego leía enciclopedias de animales y veía los programas de Félix Rodríguez de la Fuente. Había conocido al «amigo de los animales» gracias al concurso de redacción de Coca- Cola y le había escrito algunas cartas.


A los 11 años estuvo un mes en la Escuela de Artes y Oficios de Avilés haciendo carboncillos y observando trabajar a otros. Un día que estaba solo en el taller, Santarúa le llevó a un aula y le enseñó lo básico del claroscuro, de cómo componer una figura? Fuera de eso, todo lo aprendió por su cuenta. Sacó prestados de la biblioteca los manuales de pintura de Parramón y a los 14 años frecuentó la Escuela de actividades de Arte de Ensidesa.


Pintaba, dibujaba, ganaba concursos? Cuando Beni, su madre, enseñó aquellos bodegones y cacerías, a una vecina le gustaron y compró uno. Al poco tiempo tenía encargos, cobraba y ganaba para comprar bastidores y tubos, aunque no le llenaba nada aquel trabajo de pintor de mueblería.


Su padre tenía otros planes. En la Escuela de Aprendices de Ensidesa daban preferencia a los hijos de productores. Si pasaba el examen de ingreso, en tres años podía salir sabiendo un oficio y entrar en la empresa. Ricardo sacó la mejor nota del examen, eligió electrónica y a los 13 años empezó a estudiar en la escuela de La Toba de ocho y media de la mañana a tres y media de la tarde. Luego iba a casa, comía y leía algo al tiempo, y de seis de la tarde a diez de la noche, cursaba el Bachiller en el Instituto Carreño Miranda. Así podría en el futuro hacer Peritos o Ingeniería.


Extenuado de estudiar, entró en crisis con la pintura. En su cuaderno de apuntes empezaron a aparecer bocetos de cosas abstractas. Insatisfecho de lo que pintaba, inseguro de encontrar su expresión y convencido de que no podría vivir del arte, Mojardín se dedicó por entero a recorrer el camino que le llevaría a la colosal puerta de la nave de laminación.


Tardaría 14 años en salir por esa puerta, pero fueron buenos tiempos. Ganaría un dinero que venía bien en casa y le daría movilidad. Sus compañeros de turno, con sus intereses culturales, políticos y artísticos, le brindarían descansos y tiempos muertos enriquecedores.


A los 18 años, siendo maestro industrial, vería de nuevo la luz del arte. Convertido en su propio mecenas, una vez al mes subiría al tren que llevaba a Madrid, pasaría el día en museos y galerías y regresaría en el expreso de la noche empapado de arte contemporáneo y de sentido.

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