12 de diciembre de 2010
12.12.2010
Un momento vital

Cuando el actor Maxi Rodríguez se enteró de que era autor

El escritor de «Parando en Villalpando» vio a los 22 años en Ciutadella (Menorca) el primer montaje ajeno de un texto suyo
Teatro, televisión, cine y artículos periodísticos

12.12.2010 | 01:00
Maxi Rodríguez, autor teatral y comensal de una paella que preparaban Antonio Ferrandis y Antonio Martín (con delantal) en Ciutadella (Menorca) en 1987.

Maxi Rodríguez llegó por la imitación escolar a la comedia y desde la adolescencia se dedicó al teatro con éxitos y premios tempranos. Para hacer teatro como actor, escribía. En Menorca, a los 22 años, se dio cuenta de que era autor teatral.

Cargando con su equipaje por el aeropuerto internacional de Mahón (Menorca), el actor Maxi Rodríguez le daba vueltas a lo que le había dicho su padre:


-Padre de Maxi: Tú que andes en esto, teníes que hablar un día con Víctor Manuel.


«En esto» era el espectáculo y «Víctor Manuel», el cantante de Mieres, un mito en la cuenca del Caudal y en toda Asturias. Maxi Rodríguez había volado, desde Madrid, con Víctor Manuel, Ana Belén y sus tres hijos, pero no se había atrevido a decirle nada.


Al salir de la zona de embarque, entre las personas que esperaban a los viajeros, vio a un hombre con un cartel que decía «Maxi Rodríguez». Se presentó, le siguió hasta el coche y arrancaron rumbo a Ciutadella a la luz de la tarde de diciembre.


Maxi Rodríguez tenía 22 años, había ganado el «Borne» de teatro de 1987 con su obra «El mío coito o la épica del BUP» -dotado con medio millón de pesetas (3.000 euros)- y un año después acudía a la ciudad menorquina para formar parte del jurado en la nueva edición del premio y para asistir a la representación que el grupo menorquín «Modul» iba a hacer de su texto.


Cuarenta kilómetros después, al llegar al centro de la ciudad, el actor asturiano vio por primera vez su nombre escrito en banderolas colgadas de farolas y postes. Anunciaban la función de esa noche en el teatro Borne.


El hotel era nuevo, con decoración rústica balear. Tenía asignada la suite Ibiza y tiempo para acomodarse y prepararse hasta que vinieran a recogerle para conocer al resto del jurado, ver la función, cenar y lo que hubiera preparado la organización. No estaba acostumbrado a lo que le estaba sucediendo, ni a salir demasiado de casa.


Su novia le había prestado una bolsa de cuero para el viaje. Al ver la bolsa en aquella habitación doble de hotel tuvo la ensoñación de que ella podía aparecer?


Sonó el teléfono junto a la cama.


-Maxi Rogríguez: Dígame.


-Voz en off: ¿Es la habitación del autor?


-Maxi Rodríguez: No, aquí no es.


Al colgar el teléfono se dio cuenta de que preguntaban por él.


No estaba acostumbrado a ser el autor. Él había sido el chaval de 10 años con capacidad histriónica que hacía imitaciones del Patito Fito y de doña Rogelia en los festivales anuales que se organizaban en el Colegio Santa Eulalia de Ujo para pagar el viaje de estudios de los de octavo.


Estudiaba, jugaba al fútbol y, aunque en casa era algo retraído, a través de la imitación podía convertir en asunto de risa a un profesor desagradable y salir a escena cuando se organizaba teatro.


Con el paso de los cursos se hizo un habitual de las funciones de teatro a las que algunos profesores jóvenes del colegio público daban importancia y tiempo porque dedicaban horas a pintar telones.


Cuando pasó al Instituto Benedicto Nieto de Pola de Lena, en el curso 1982-83, contactó con otros aficionados al teatro en la Casa de Cultura y fundaron «Cestón de máscaras». La representación que Pedro Lanza, Belén Fernández, Inmaculada Senís, Goreti, Faustino Fernández, Javier Cerra, Pedro Escobar y él hicieron de «Embrollo de corazón o la burla de don Pantalón» les sirvió para ganar el certamen regional de teatro de 1983 y con el dinero -50.000 pesetas- (300 euros) compraron mallas para todos.


Habían salido en LA NUEVA ESPAÑA donde Luis Miguel Rebustiello había titulado: «Cestón de máscaras rompe los moldes de la escena». Hicieron gira por Campomanes, Xomezana, Zureda y Villamiana como «troupe» de comedia del arte y conocieron el éxito y más cosas.


-Motorista (de soslayo): Tábais mejor sulfatiando.


Había hecho «Ondas» y con ese monólogo había ganado la «Espiga de oro» de Guadalajara.


Pero no respondió por «el autor» cuando sonó el teléfono en la habitación del hotel menorquín porque, para Maxi Rodríguez, el teatro había sido siempre una creación colectiva en la que alguien tenía que escribir -él- pero sólo como un medio para hacer el trabajo actoral.


El autor bajó de la habitación y poco tiempo después estaba en el palco de vips del teatro del Borne -entre el actor Antonio Ferrandis, para siempre conocido como Chanquete y el productor cinematográfico Antonio Martín Torres, de Blau Films- viendo la puesta en escena desenfadada que hacía un grupo juvenil de su «El mío coito o la épica del BUP», a sala llena.


Al comienzo, entre música de Vangelis y jóvenes con mucha energía por todo el escenario, se oyó:


-Actor (al público): La obra se la debemos a aquel señor.


En ese instante, un foco iluminó el palco. Maxi se achicó.


-Antonio Ferrandis (en susurro): Levántate y saluda.


Así lo hizo y la función siguió. Al final, Maxi se sintió más autor todavía al ver, en obra propia, que el director de escena puede interpretar el texto como quiera. Aunque el autor quedó, en conjunto, satisfecho con el montaje, en los camerinos, cuando se lo pidió la compañía, dio su opinión de forma franca, de buen rollo pero poco diplomática, al modo de la cuenca.


La noche siguió en un ambiente de «glamour» con una cena de marisco en la que el autor no supo muy bien para qué servían algunos cubiertos.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook