04 de noviembre de 2012
04.11.2012
Un momento vital

Iván González abre con 300 euros menos

El ajedrecista evoca sus apuros en un torneo de Colombres al que llegó diez minutos tarde y con una multa de tráfico
A los 6 años movió pieza

04.11.2012 | 01:00

El ajedrecista Iván González recuerda la segunda jornada del campeonato de Colombres de 2006, a la que llegó con bastantes rivales con más fuerza, una puntuación mediocre, pocas posibilidades de alcanzar premio y una multa de tráfico de 300 euros que desbarataba su precaria economía.

El domingo 11 de junio de 2006, la Guardia Civil hizo un control de alcoholemia en la Autovía del Cantábrico, junto a la gasolinera de Posada de Llanes. Iván González, de 22 años, conducía el Renault Clio verde de su madre, en el que viajaban Raúl García, un ingeniero valenciano de 27 años, y su amigo Jorge. Esperaron detrás de varios coches. Cuando legó su turno, Iván bajó la ventanilla, el guardia civil echó un vistazo a los ocupantes y mandó seguir.


Iván y sus amigos iban a jugar la segunda jornada del campeonato de ajedrez de Colombres (Ribadedeva). El día era soleado y viajaban tranquilos porque, aunque la parada los retrasó, llegaban a tiempo para el inicio de las partidas, a las 10 de la mañana. Pocos kilómetros después, nuevamente la Guardia Civil hizo señales al coche para que se detuviera.


-Ya soplé atrás, resumió Iván al agente.


-No, es que iba usted a 67 kilómetros por hora en un tramo de 40. Son 300 euros de multa.


La primera multa de su vida.


Cuando arrancó de nuevo el coche, toda su visión del campeonato de Colombres había cambiado.


Iván estudiaba tercero de Informática, aprobando según la ley del mínimo esfuerzo porque lo que le interesaba era el ajedrez.


El Club Universidad de Oviedo de Ajedrez le pagaba la matrícula de Informática, la carrera que lo había traído a Oviedo desde Pravia hacía tres años y con él, ahora, a la familia entera: a su madre, Cuca, en ese momento en paro, y su hermana pequeña, Raquel, que estudiaba un módulo de peluquería.


Disputaba unas cien partidas al año en torneos -30 lentas y 70 semirrápidas-, daba clases en el Centro Técnico Deportivo Ciudad Naranco y muchas tardes se reunía para jugar con otros amigos ajedrecistas en el bar Isla de Cuba, frente al campus del Milán.


El ajedrez le pagaba sus gastos. A Colombres iba a jugar y, si podía, llevarse algún premio. El primero eran 600 euros; el segundo, 500; el tercero, 400; el cuarto, 300... Pero no iba bien. El día anterior había perdido una partida contra el serbio Aleksa Strikovic, había hecho tablas con otro jugador y ganado a tres. Tenía tres puntos y medio, de cinco. De los 60 jugadores, 8 eran profesionales; otros 8, aficionados con opciones a premio, y el resto, amateurs. Él era maestro FIDE y, por orden de fuerza, sus 2.400 puntos Elo lo convertían en el octavo de la competición.


Pero cualquier jugador puede ganar una partida. En Colombres había cuatro ajedrecistas de la villa con más de setenta años; algunos niños venidos de Cantabria y varios jugadores profesionales del Este radicados en España después de la caída del muro de Berlín.


Cuando se apuntó al campeonato, Iván pensaba en ganar algo para sus gastos, pero ahora se encontraba que le había costado 300 euros y que llegaban con retraso.


En el polideportivo, donde había 32 mesas rectangulares con dos tableros cada una y cuatro sillas de plástico de terraza de bar, algunos padres miraban a sus pequeños jugar y alguna novia reciente se aburría esperando a su chico.


Iván leyó su emparejamiento en una lista, se sentó en la mesa 6, donde jugaba con blancas y, como consecuencia del retraso, 10 minutos menos que su oponente, un cántabro de 36 años de nivel aceptable y 25 minutos para pensar.


No se quitaba la multa de la cabeza. Necesitaba quedar cuarto para cubrir aquel gasto. Al cabo de unos minutos, entró en la partida. No partía de buenas posiciones pero «atracó» a su contrincante, lo ganó de forma inesperada.


Su siguiente rival era muy conocido: Alberto Andrés, de Ujo, 26 años, el mejor jugador de Asturias, maestro internacional, amigo y del mismo club.


Iván se defendió bien y consiguió buena posición. Apurado por el tiempo, Alberto asumió riesgos que sirvieron a Iván para ganar.


Ya no estaba pensando en la multa: vencer a alguien mejor y las buenas perspectivas le hicieron sentirse bien.


La siguiente partida fue contra Mario Gómez, gran maestro vizcaíno, de 46 años, delgado, nervioso en las semirrápidas. Iban los primeros en el torneo, con los mismos puntos. Iván salió bien y la partida fue fácil: le quedaban 15 minutos cuando Gómez abandonó, casi sin tiempo.


Ya iba el primero. Si empataba la última partida, adiós a la multa y le quedaban 300 euros más. Como si le volvían a multar al regreso.


Dragan Paunovic, gran maestro de la Federación Serbia residente en Galicia, 45 años, muy serio, que hablaba en buen español lo poco que hablaba, le ofreció tablas porque con ello se aseguraba el segundo puesto y los 500 euros de premio. Si ganaba se habría llevado los 600, pero si perdía podría haber bajado al octavo puesto. Iván aceptó y ganó los 600 euros. Era la una de la tarde. Quedaron al pincheo.


Volvieron a Oviedo. En el Isla de Cuba había amigos jugando. Iván, Raúl y Jorge tomaron unas cervezas.

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