25 de noviembre de 2012
25.11.2012
Un momento vital

Isaac Turienzo toca el piano en casa del maestro Tete Montoliu

El músico avilesino, que tenía 35 años, sintió pánico cuando su ídolo abandonó la estancia durante su interpretación
Vidas unidas en un documental

25.11.2012 | 01:00

Isaac Turienzo tocó el piano en casa de Tete Montoliu, el músico en el que había descubierto, veinte años antes, el jazz y la improvisación que desde entonces marcaron su vida. Cuando interpretaba una de sus canciones, Montoliu abandonó la habitación, lo que hizo sudar frío al pianista avilesino. Así recuerda aquella tarde en el paseo de Gracia de Barcelona.

En una tarde luminosa de primavera, a mediados de los años noventa, el pianista Tete Montoliu abrió la puerta de su casa en el paseo de Gracia de Barcelona e invitó a entrar a Isaac Turienzo; a su manager, Luis Manjarrés, y a siete personas más aficionadas al jazz.


Venían de comer en Casa Leopoldo y Montoliu, el músico y compositor de jazz español con más proyección internacional, ofreció tomar el café y seguir la reunión en su casa. Tete Montoliu vivía en el bajo. Arriba, residían su ex mujer y su hija.


Montoliu superaba los sesenta años y los dos centenares de grabaciones. Isaac Turienzo tenía 35 años, un elepé, «Made in Asturias», y un premio nacional de jazz del Injuve, poca carrera porque se había profesionalizado tarde, un lustro antes, en ese estilo.


Anfitrión e invitados se acomodaron en una estancia amplia y bien iluminada. El salón tenía suelo de madera y pocos muebles que obstaculizaran el paso de Tete, ciego de nacimiento. Dos sofás grandes, un equipo de música nórdico, impresionante -«como no puedo gastar el dinero en coches?», bromeaba consigo mismo Montoliu- y un gran piano de cola.


Durante la comida, habían hablado de jazz e Isaac aprovechó para trasladar a aquel hombre tan seguro algunas de sus dudas de entonces y para dar opiniones con la mayor humildad. La conversación seguía por esos derroteros y Tete Montoliu, en un momento dado, con un poco de su socarronería, comentó:


-Yo creo que este muchacho quiere que lo escuche. Siéntate al piano y toca.


Sintiendo la presión del compromiso, Isaac Turienzo emprendió el dulce inicio de «Jo vull que em acariciis».


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En 1977, cuando tenía 16 años, Isaac era un estudiante de tercero de BUP del Instituto Carreño Miranda de Avilés que tocaba pachanga en la «Orquesta Continental», con la que rodaba por las principales discotecas de Asturias durante todo el año.


Mino, amigo y compañero de orquesta, le regaló un disco de un músico llamado Tete Montoliu. En su habitación de la casa del barrio del Carbayedo -cama, despachín para estudiar, un teclado Wilson pequeño y un equipo de música- puso a girar aquel disco de boleros.


Isaac conocía los boleros pero ni entendía ni le interesaba el jazz. Escuchando «Perfidia» y «María Elena» observó que aquel pianista seguía la melodía y, sobre las mismas cadencias armónicas, improvisaba.


A Isaac, que sentía música dentro de él, los Reyes Magos le habían dejado en casa una guitarra española cuando tenía 7 años. Su padre, Felipe, dueño de una empresa de transportes, canta muy bien, e Isaac, de pequeño, le hacía el dúo de tercera inmediatamente, lo que era un pequeño prodigio en los chigres.


A los 12 años descubrió los pianos en el colegio de León adonde lo mandaron interno para «secar» de una enfermedad respiratoria. A su vuelta a Avilés, con un grupo de amigos de cuando estudiaba en el colegio de los Agustinos, montó una orquesta: «Ecuador». Escuchaba música fina, elaborada y densa: salsa, «Earth, Wind & Fire», «Chicago», «Queen», «Supertramp».


Aquella tarde de sus 16 años sintió que él podía improvisar, como estaba haciendo Tete Montoliu. Y a partir de entonces empezó a oír mucho jazz hasta comprender el mecanismo con Oscar Peterson, Art Tatum, Herbie Hancock, Chic Corea?


Tocó algunos años por los clubes, pero no se orientó profesionalmente hacia el jazz. Hubiera querido ser médico y periodista, pero sentía la necesidad de ser músico y se decidió por la necesidad. Ayudaba a su padre en la empresa de transportes, tocaba en «Los Archiduques» -a los que hizo los arreglos del último elepé- y luego con los asturianos y cubanos de la orquesta «Latin Show» que rodó por toda España.


Se examinaba libre en el Conservatorio y seguía una formación rigurosamente autodidacta porque no había academias de jazz a su alcance y porque perseguía el afán de no tocar como los demás. Dedicaba seis horas diarias, 365 días al año, para llegar a tocar en todas las tonalidades.


En 1988, cuando formaba parte de la orquesta «Alcotán» -el «grupo del barrio residencial de La Calzada, Gijón»- y estaba casado, su esposa, Marian, a sus espaldas, envió una de sus grabaciones al Instituto Nacional de la Juventud (Injuve), en Madrid, y quedó finalista de un concurso nacional de jazz que tuvo final en Ibiza.


Dos años después, cuando había cumplido los treinta, ganó el premio nacional del Injuve y a partir de entonces empezó a tomarse en serio hacer una carrera en el jazz.


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Cuando terminó en paroxismo la envolvente «Jo vull que m'acariciis» y empezó a tocar un blues, Montoliu se levantó y salió del salón. Los dedos de Isaac obedecían sobre las teclas, pero sentía un sudor frío y continuó la pieza agobiado, pensando que algo no iba bien y que sentarse al piano ante el maestro había sido un atrevimiento.


Cuando acabó la interpretación y buscó con la vista a Montoliu, empezó a sonar, por el equipo de música, un piano con un efecto de reverberación como si se hubiera interpretado en el Carneggie Hall. Isaac reconoció su pieza, se dio cuenta de que Montoliu lo había grabado y, aunque sólo pudo oír lo que podría mejorar en la interpretación -lo único que le interesa para seguir aprendiendo- sintió un enorme alivio. La actuación fue un éxito y Tete, Isaac y sus amigos siguieron la tarde encantados.


Meses más tarde, en una cafetería de Sama, unas horas antes de una actuación del pianista catalán en la Casa de Cultura, Montoliu le dijo: «Todavía te tengo grabado».


Tras la muerte de Tete Montoliu en 1997, Isaac Turienzo fue uno de los diez músicos españoles que participaron en el homenaje «Pianos para Tete», celebrado en el colegio mayor San Juan Evangelista de Madrid. Posteriormente hizo giras de homenaje a Montoliu con el grupo del pianista catalán, el batería alemán Peer Wiborys y el contrabajista argentino Horacio Fumero. La última actuación fue en Moscú, antes de la muerte de Wiboris.

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