31 de marzo de 2013
31.03.2013
Un momento vital

Asunción Cámara, turista con plaza en Oviedo

La directora de la Escuela Politécnica de Mieres, madrileña, encontró en Asturias el equilibrio entre ciudad y naturaleza donde quería vivir
El gusto por aprender y enseñar

31.03.2013 | 00:00

La directora de la Escuela Politécnica de Mieres, Asunción Cámara, recuerda un día de vacaciones en Oviedo en que, sugestionada por la ciudad y la calidad de vida en Asturias, entró en la Universidad para informarse de si había plazas de profesora a las que pudiera concurrir. Ese mismo día se habían convocado dos. Pronto hará 12 años de ese momento que cambió su vida y la de su familia.

Asunción Cámara había estado antes en Oviedo, hacía años, en el hotel La Gruta, camino de un coto de pesca en el Narcea, pero no conocía la ciudad. A finales de julio de 2001, después de una semana en Gijón, sus cuñados Marisol y Andrés la habían acercado a la capital del Principado y estaban paseando por las calles peatonales del Oviedo antiguo en una mañana cálida y radiante. Su marido, Rafael, llevaba en la silla a Candela, de tres meses, y Cecilia, su otra hija, de tres años, iba adelantada, suelta y sin peligro.


Asunción estaba encantada con lo que veía. Había crecido en Moratalaz, el barrio de Madrid, hasta los 13 años, y luego se había ido a vivir a Majadahonda. Siempre había querido salir de Madrid. En 1995, cuando se casó con Rafael, al que había conocido en la carrera, se pusieron ese objetivo.


Asunción tenía 34 años; su marido, 43, y vivían en Soria. Él, ingeniero de Montes, trabajaba en una empresa privada, y ella, en la Universidad, según un plan familiar en el que habían acordado que uno de los dos aportaría la estabilidad funcionarial. Ella había sido una buena estudiante que, después de una corta experiencia de trabajo en una empresa privada, echaba de menos la Universidad, consiguió una beca para la tesis y después empezó a echar papeles para concursos oposición.


En 1998 consiguió una plaza de profesora ayudante en la Escuela de Ingenierías Agrarias de Soria. Los dos primeros años pasaba la semana en la ciudad castellana y el viernes se plantaba en Madrid -a dos horas y media- y pasaba el fin de semana con Rafael y con Cecilia, su primera hija.


En 2001 la familia había logrado agruparse en Soria, una ciudad de 30.000 habitantes en la que hizo amigos pero donde el clima era extremo, no había demasiada oferta de ocio para las niñas y le faltaba el anonimato de Madrid, porque los padres de sus alumnos la paraban por la calle y algún estudiante llamó a su casa cuando tenía dudas de la asignatura. La naturaleza, que tanto le gustaba desde niña y que la llevaba a la sierra de Madrid con su grupo de «scouts», ahora estaba demasiado presente. Cuando venía a Gijón, a casa de Marisol, hermana de Rafael, y Andrés, su marido, y se encontraba con el mar a diario y una ciudad grande pero acogedora, se sentía mejor.


La mañana de finales de julio de 2001 en Oviedo, en la plaza de Riego, Marisol le enseñó el Edificio Histórico de la Universidad y Asunción entró a informarse de si había plazas de profesor a las que pudiera concurrir. Ese mismo día se habían convocado dos para interinos, en el área agroforestal. Tomó buena nota y el día de vacaciones siguió comiendo en una terraza del Fontán.


Cuando regresaron a Soria, en agosto, Asunción preparó la documentación y la envió a la Universidad de Oviedo.


Una tarde de finales de septiembre, en la habitación de un hotel de Granada, donde asistía a un congreso forestal, Asunción recibió una llamada telefónica de Tomás Emilio Díaz González, director del departamento de Biología de Organismos y Sistemas, en la que le anunció que había ganado la plaza. Ella dijo que lo comentaría con su familia, colgó, dio un grito de felicidad, telefoneó a su marido y siguió arreglándose para la cena, que se prolongó en una celebración de la noticia.


Al día siguiente llamó a Oviedo para aceptar. Un día más tarde regresó de Granada a Madrid. Al otro, en Soria, hizo las maletas y salió en Alsa a Gijón, donde la recibieron su cuñada y otro día radiante.


El 1 de octubre, en el campus del Cristo firmó los papeles.


Quince días después, con el equipaje y sus dos hijas, llegó a Gijón para quedarse.


Hasta que acabaron de instalarse y pudo mudarse su marido pasaron cuatro meses muy duros de trabajo nuevo, colegio nuevo, lloros infantiles, búsqueda de vivienda y cambios, pero, en cada desplazamiento, Asunción elegía siempre pasar por el muro de San Lorenzo para ver el mar y en cada compra agradecía que la llamaran «vida».

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