16 de febrero de 2014
16.02.2014
Un momento vital

El mundo brilló para John Falcone tocando el fagot en un sótano

El instrumentista de la OSPA inició su carrera profesional en el cumpleaños de un dentista de Nueva Jersey - La vida y la familia en Noreña

16.02.2014 | 01:21
Pedro Díaz, John Falcone y Robert DiLutis, "Spontaneous Winds", en 1988.

John Falcone había acabado sus estudios de música e intentaba ganarse la vida en Nueva York con bolos, a veces a cambio de una buena comida. Le faltaba poco para buscar un trabajo de recepcionista de hotel que le asegurara la manutención. El 27 de enero de 1988, en la fiesta de cumpleaños de un oculista, un encuentro cambió su vida.

Desde Manhattan (Nueva York) a Trenton (Nueva Jersey) hay una hora de tren. John Falcone y su amigo Pedro Díaz iban al cumpleaños de un oftalmólogo aficionado a la música que organizaba una fiesta en el sótano de su casa para conmemorar, también, el aniversario del nacimiento de Mozart.

John y Pedro, junto a Robert DiLutis, formaban un trío de viento llamado "Spontaneous Winds". Actuaban en celebraciones para ir ganándose la vida. También eran amigos porque un trío así no gana lo suficiente para tocar sólo por dinero.

John, italoamericano de tercera generación, tocaba el fagot y Pedro, puertorriqueño, el oboe. Se conocían desde que estudiaban en la Carnegie-Mellon University de Pittsburgh. Habían terminado sus estudios y con ellos sus becas y ayudas y se encontraban en un momento crítico en el que cobraban sólo de las actuaciones que surgían, pero no ganaban lo suficiente para dedicarse exclusivamente a la música.

Buscaban trabajo por todas partes, esperaban las llamadas de la Juilliard School de Nueva York, donde se habían titulado y que disponía de una oficina para recibir y distribuir ofertas de trabajo, pero no aguantarían demasiado tiempo sin acabar de recepcionistas de hotel o de camareros para pagar el apartamento.

Aquel 27 de enero de 1988, aniversario del nacimiento de Mozart, no iban a trabajar, sino a divertirse con la música y la compañía, a comer un pincheo, beber vino y pasar agradablemente un día fresco e iluminado en casa de un conocido, rodeados de músicos "amateur".

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La casa del oftalmólogo Stuart Hirsch era bonita y tenía finca. John había crecido en North Babylon, en un espacio similar, en medio de dos hermanos, como hijo de un empleado de banca y una activa ama de casa.

Su vocación musical fue muy temprana. Cuando tenía nueve meses asustó a su madre silbando, a los 10 años tocó el saxo en la orquesta de la escuela y, en adelante, no dejó el instrumento, aunque sus padres le metieran alguna vez en un armario, cansados del ruido de sus ensayos. No había más antecedente artístico que un bisabuelo que tocaba la gaita italiana y un abuelo que armonizaba su voz en un "barber-shop quartet", pero sus padres favorecieron su formación musical a partir de 1980 en Pittsburgh y su año en la Orquesta Nacional de Costa Rica, cuando la devaluación de la moneda provocó una desbandada de intérpretes profesionales y dio una oportunidad que los estudiantes no podían perder.

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El sótano de Stuart Hirsch, un hombre de cuarenta y pocos años, estaba perfectamente acondicionado para ser un lugar grato. Su mujer ayudaba colocando las bandejas de comida. Había sillas y atriles para una quincena de músicos, entre ellos media docena de mujeres.

El oculista elegía una partitura y la ofrecía a quien quisiera tocarla. Cuando sacó el "Divertimento número tres", de Mozart, arreglado para dos clarinetes y un fagot, John y otro hombre se ofrecieron a la vez y a media voz para tocar ese último instrumento. Sobre la marcha, decidieron interpretar el mismo papel los dos.

El otro fagotista era también alto, en torno al metro noventa, tenía el pelo canoso y unos cincuenta y tantos años.

John, que tenía 26 años, en seguida se dio cuenta de que él tocaba mejor que su compañero, pero, por una vez, mantuvo la humildad, le acompañó, le apoyó y sólo cuando ya estaban acompasados se permitió algún fraseo. Lo pasaron bien, se felicitaron al terminar y cada uno se disolvió en un grupo.

Entre platos de quesos, alitas de pollo, ensaladilla, alguna carne fría y ensalada, John se enteró de que aquel músico era un profesional que estaba tocando en el musical "Cats" de Broadway.

Al cabo de un rato, volvieron a coincidir y se presentaron. Ray Shanfeld le contó que sus instrumentos principales eran el saxo y el clarinete y que en "Cats" también tocaba el fagot. Le gustaba ir a ese tipo de fiestas precisamente para perfeccionar en público este instrumento.

John le comentó que su instrumento principal era el fagot, pero que había sido saxo barítono en la big-band del Carnegie durante cuatro años y que estaba recibiendo clases particulares de clarinete.

Cuando Ray comentó que le llamaría para que le sustituyera en "Cats" los días de vacaciones, John vio el mundo brillando. Podía entrar en un ámbito difícil gracias a que, a veces, tienes que ser tú mismo, bueno, humilde y desinteresado y las oportunidades llegan.

-Estaré encantado -contestó John antes de sentir el miedo.

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Dos días después sonó el teléfono en su piso de Inwood, un barrio de dominicanos, músicos y buen ambiente. Ray quería que le acompañara para preparar la sustitución.

Los musicales como "Cats", que llevaba 6 años en Broadway, se representan ocho veces por semana las 52 del año. Los músicos titulares sólo tienen obligación de tocar la mitad de esas representaciones. Si no tocan, no cobran, pero descansan cuando quieren siempre que elijan un sustituto que apruebe el director. "Cats" tenía una veintena de músicos fijos, una pequeña orquesta.

No hay ensayos para el sustituto. Cuando John llegó al Winter Garden Theatre le instalaron entre bastidores, donde estaba oculta la orquesta, y se sentó, bastante apretado, junto a Ray, intentando ser invisible al resto de los músicos.

-Sigue la partitura.

Eso hizo durante la representación, en la que saxo, fagot y clarinete tenían siempre papel. Grabó el sonido en un "walkman" y se llevó una partitura fotocopiada.

-Te llamaré cuando te necesite.

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Dos semanas después Ray llamó para anunciarle que tocaría en un par de semanas.

-Me gustaría ir una segunda vez. ¿Es posible? -preguntó John.

-Es posible lo que es necesario.

La segunda vez, Falcone vio cómo un teclista sustituto era rechazado por el director después del descanso.

Ensayó un par de horas diarias, sobre todo el clarinete, que en dos pasajes tenía unas notas muy agudas con mucho riesgo de pitar.

El día de su actuación los nervios acabaron cuando empezó la obra. John iba muy animado. En el saxo y el clarinete cumplió, pero en los solos del fagot notó que sus compañeros prestaban la atención que produce la sorpresa. El director le felicitó. Ray pudo tomar unas vacaciones. John Falcone hizo 16 funciones a 90 dólares la sesión (hoy 150 euros).

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