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El beso más famoso de las Piraguas

Cuarenta años separan la romántica estampa de Nueva York al final de la guerra en 1945 y otra de Ribadesella en 1985

La imagen de Eisenstadt, en 1945.

"Mas si alguno tiene cerca una chavalina guapa, que no la pierda de vista, ni deje de vigilarla; y, si de veras le gusta, comience ya a enamorarla, porque es tradición que en Llovio, al final de esta jornada, cuando de las siete en punto resuenen las campanadas, a las mozas que lo quieran y se dejen, Don Pelayo da permiso para poder abrazarlas..."

Así reza una parte del ritual que Dionisio de la Huerta Casagrán escribió para la salida de Las Piraguas y que -año tras año- se proclama desde el puente de Arriondas, formando parte de los 43 versos que permanecen inalterables en el tiempo. Vamos a tomarlos al pie de la letra y a situarnos en el día 3 de agosto de 1985. ¿Cuántas mozas -y mozos- se dejaron abrazar a lo largo de las 79 pasadas ediciones del Descenso del Sella? Decenas de miles, sin duda, y a buen seguro que en no pocos casos por primera vez.

Miles y miles de besos y abrazos apasionados entre parejas de adolescentes, jóvenes y maduros. La frase "haz el amor y no la guerra" es una de las más afortunadas de la historia de la humanidad; desde su original inglés "Make love, not war", este eslogan antimilitar de los años 60 hizo fortuna en los movimientos pacifistas contrarios a la Guerra de Vietnam. El beso apasionado nos llegó desde el latín "basium" a través de la poesía erótica de Catulo, dejando al beso maternal, familiar o amistoso en segundo término. El caso es que besos famosos en la historia de la literatura, la pintura, la escultura, el cine, etc. hay muchos; pero uno está considerado el más célebre y renombrado, el cual ha pasado a ser aquel que -sobre las seis de la tarde del 14 de agosto de 1945- inmortalizó en Nueva York el fotógrafo germano-americano Alfred Eisenstadt. El presidente norteamericano Truman acababa de anunciar (o estaba a punto de hacerlo) que la Segunda Guerra Mundial había terminado con la rendición de Japón, tras el lanzamiento de dos bombas atómicas estadounidenses sobre Hiroshima y Nagasaky. Miles de neoyorquinos se lanzaron a las calles a celebrarlo y en Times Square un joven marinero, emocionado por el momento en el que su país celebraba la victoria, agarró por el brazo a una enfermera que con él se cruzaba en ese momento. La chica cerró los ojos y se dejó llevar y el marinero, decidido, la besó en los labios ante la mirada festiva, cómplice o de asombro de la gente. Alfred sacó su cámara e inmortalizó el momento publicando la foto en la prestigiosa revista Life para la que trabajaba. Ni el fotógrafo ni nadie tomó nota de los nombres o identidades de la enfermera y el marinero, de modo que el mundo entero quedó intrigado durante décadas sobre la identidad de los protagonistas. Ese beso se convirtió en el símbolo del final de la última gran guerra; aquella que duró seis años y un día y dejó entre 45 y 60 millones de muertos. Sí, haz el amor y no la guerra?

Setenta y un años después sigue sin aclararse del todo quiénes fueron los protagonistas de ese momento fotográfico neoyorquino. Surgieron con los años varios personajes que aseguraban ser los protagonistas, pero la seguridad absoluta no se ha podido probar. Incluso hay asociaciones de defensa de las mujeres que piensan que el marinero sujeta a la enfermera para besarla contra la voluntad de ésta.

Ahora regresamos hasta Asturias. Volvemos a Les Piragües. Dijimos que estábamos en el sábado, 3 de agosto de 1985. Se acababa de celebrar el XLIX Descenso. Participaron 1.300 palistas de 16 países en 800 embarcaciones. El palista lucense Luis Ramos Misioné -medalla olímpica y campeón del mundo- ganaba por tercera vez, mientras su compañero Chilares lo hacía por vez primera, ya con 34 años. Monoto y Varela fueron segundos, mientras Soto y Hernanz, los favoritos asturianos, llegaban terceros (que -dos años después- serían los primeros). Esa edición del Sella de 1985 fue dedicada a Cantabria. En el momento previo a la salida se guardó un minuto de silencio en memoria de los tres mineros muertos el día anterior en la mina Montsacro de la Foz, en Morcín.

Tras la celebración de llegada de las principales embarcaciones, los romeros se dispersan por la villa riosellana y los periodistas toman las últimas fotos y anotaciones, pues han de redactar las crónicas que leeremos al día siguiente.

Parece que en esos momentos fue tomada la foto que hoy nos ocupa. En las páginas del "Extra domingo" de LA NUEVA ESPAÑA del día siguiente, 4 de agosto, es el periodista J. R. Rodríguez quien redacta lo que vio y oyó en ese día de las Piraguas. Varias fotos firmadas por Santiago García acompañan el relato, en ellas puede verse el desfile de Arriondas, a Dionisio dando el pregón, a una cabra como mascota de un grupo en cuyo tambor se puede leer "La Estrozona" -de Ribadesella-, o al Presidente de Cantabria Ángel Díaz de Entresotos, junto con otras personalidades. Nos quedamos con la foto tomada en las inmediaciones del puerto de Ribadesella en cuyo pie se lee: "Dos jóvenes celebran por su cuenta el triunfo de Chilares y Misioné". Es el beso apasionado de una pareja con las lanchas riosellanas de telón de fondo? ¿No piensa el lector después de ver la reproducción de la foto que comentamos en esta tribuna de papel que ese beso poco tiene que envidiar al más famoso del mundo de la foto en Times Square arriba comentado?

¿Qué habrá sido de los protagonistas ahora que se cumplen treinta y un años de la foto inmortalizada por Santiago García? El fotógrafo era un chaval de 25 años en aquel momento y llevaba trabajando para LA NUEVA ESPAÑA desde 1967, aunque a los trece años ya colaboraba con el gran José Vélez, auténtico maestro en temas de fotografía, quien en alguna ocasión le dijo: "Las fotografías tienen que expresar algo", y es evidente que Santiago tomó buena nota de este consejo ya desde su adolescencia.

Y, a modo de conclusión de este artículo, como si de una irónica broma se tratase, nos preguntamos ¿adónde van los besos que no damos? Las respuestas serían de todo género y condición, pues unos nos dirían que se quedan escondidos en nuestra serotonina mental, envejeciendo sin sentido; tal vez se disuelven en nuestra sangre y nos producen una súbita hipertensión; hay quien cree que lloran su desgracia juntos y se suicidan en masa cada 14 de febrero. Seguro que Pandora no los deja entrar en su caja y por eso -cada vez que la abre- los males se expanden por el mundo. También es posible que esperen bajo la almohada una mano que los robe, aunque damos por hecho que la mayoría irán al limbo de las fantasías personales de cada uno. Es tiempo de Piraguas, que la imaginación y la utopía no decaigan?

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