17 de agosto de 2017
17.08.2017
La Asturias escondida

Sidrán, túnel de la Historia

El imponente perfil de la oquedad, situada a la orilla de la carretera N-630, ha sido un referente en Morcín desde el Paleolítico a la actualidad La "cuevona" sirvió de resguardo tranquilo y lugar de "pigazu" para romeros del Monsacro

17.08.2017 | 01:46

Hace ahora 24 años, en agosto de 1993, la carretera de Castilla dejaba de ser el acceso principal a la Meseta para convertirse en vía secundaria. La apertura de los túneles de El Padrún cedió el testigo a la autovía A-66, de modo que la N-630, también conocida como "la general" o "la nacional" -"la vieja", desde entonces- quedó relegada al tránsito mayoritario de camiones, ciclistas y vecinos de Riosa y Morcín. Y es en este último concejo, concretamente en el punto kilométrico 39, donde tras una curva aparece por sorpresa el objeto de estas líneas: la "Cuevona". Aunque su nombre propio sea Cueva de Sidrán (no confundir con El Sidrón: esa está en Piloña), lo cierto es que esta caverna fue y sigue siendo, pese al olvido, un símbolo del trayecto por carretera de Oviedo a Mieres.

Geológicamente, se trata de una oquedad de caliza gris situada al borde del río Caudal. Su origen se debe, casi con total seguridad, a los procesos kársticos que los cauces fluviales generan en suelos de este tipo. Y su rasgo más llamativo, como atestigua el nombre popular, está en el tamaño de la entrada, un enorme hueco que sobrepasa los quince metros de altura, aunque se estrecha de inmediato y en pendiente rápida, como un embudo, para llegar a unas pequeñas cavidades que, esta vez sí, ya toman forma de galerías hacia el interior de la tierra.

Y aunque a día de hoy sus dimensiones impresionan, lo cierto es que son menores de lo que podía contemplarse no hace mucho. Manuel González Fernández-Valles, pionero de la arqueología moderna en Asturias, anotó en 1966 unas cifras entre los 24 metros de ancho y otros tantos de alto, constatando pocos años después que la erosión del agua y las obras de la carretera anexa habían hecho mella en la espectacular boca de la caverna. Por otra parte, los vecinos de Argame o Santolaya, localidades cercanas al lugar, recuerdan que en días de lluvia la oquedad se usaba como marquesina improvisada del apeadero del tren, cuya vía corre en paralelo al lado norte del talud. En este mismo sentido, otras fuentes aseguran que la "cuevona" servía de resguardo tranquilo, muchas veces con "pigazu" incluido para los romeros que iban (y venían) de fiesta al Monsacro. El vino y la sidra, no cuesta imaginarlo, apuntan como causa más que probable del retraso en la llegada del tren para algunos de ellos. No es esta la única anécdota sociológica que rodea a la cueva: a mitad de los 80, antes de las campañas de reciclaje y de los puntos limpios de Cogersa, más de uno se encontró con la entrada de la caverna convertida en basurero ilegal y multiusos, con desguace de electrodomésticos incluido. Y es que entre tirarlos al río o dejarlos al raso, cuesta saber qué opción era mala y cuál peor.

Para entonces, otra práctica deplorable como la de los aficionados a la arqueología sin criterios científicos (es decir, buscadores de tesoros a golpe de azada, en plan "a ver qué vemos") ya había destrozado los estratos prehistóricos de la cueva. La labor de estos "Indiana Jones" de fin de semana no pudo ser más desastrosa: aunque a lo largo del siglo XX se encontraron numerosas piezas talladas en hueso, algunas de ellas conservadas en el Museo Arqueológico de Oviedo, el no haber documentado la profundidad de los hallazgos ni los materiales del estrato en el que fueron excavadas impiden ponerles fecha, reduciéndolas a pura anécdota. Triste, pero cierto: pudiendo arrojar alguna luz para explicar de dónde venimos, hoy no pasan de ser piezas sueltas de un puzzle que algunos insensatos, tal vez con buena voluntad, destruyeron de modo irrecuperable.

De cualquier forma, el hecho es que la Cueva de Sidrán forma parte de una red de yacimientos prehistóricos del período Magdaleniense (de entre 16.000 y 9.000 años de antigüedad) que bordea la sierra del Aramo y hace de Morcín lugar de interés para el estudio de nuestro pasado. Así, en Entrefoces, a solo cinco kilómetros, se localiza la Cueva del Molín, descubierta en 1979 por un equipo de espeleólogos ovetenses. Justo allí, los arqueólogos Mónica García y Manuel G. Morales hallaron dos años más tarde una pequeña escultura en cuarcita con forma de cabeza humana, datada en este mismo período, y no tardaron en aparecer muestras de arte rupestre con grabados de ciervos y caballos. Y durante una de las últimas campañas arqueológicas, en 2009, los expertos de la Universidad de Oviedo dieron con otra serie similar, lo que sugiere que la zona esconde aún más claves de interés sobre la fase final de la Prehistoria en la Cornisa Cantábrica.

No hay caverna sin mito

Como es sabido, las leyendas buscan hueco en toda cueva que se precie, y las que tienen fuentes de agua en su interior, como la de Sidrán, no son excepción.

La historia trágica de un "encanto" o espíritu en pena que solo puede ser liberado en la mañana de San Juan ha sido documentada en varios estudios de mitología local de Morcín. Por desgracia, según constata al respecto Fernández-Valles, los detalles de esta historia se perdieron en la memoria colectiva, aunque el mismo autor recuerda una leyenda de Somiedo, recogida por José Manuel Feito, sobre el espíritu de una niña encantada por su padre, que espera salir del maleficio en la Cueva de "Bucibrón" o "Bucibrán": curioso paralelismo al que el nombre del lugar añade una interesante sugestión, que tal vez la toponimia pueda aclarar.

Con mito o sin él, hay otra historia que no conviene olvidar: que hace menos de 25 años, para ir de Gijón a León en coche había que cruzar Oviedo -léase su casco urbano- y, al menos hasta Campomanes, tocaba recorrer 70 kilómetros por carretera convencional. En medio del trayecto, la Cueva de Sidrán estaba allí. Hoy, la velocidad de la autovía no debería robarnos la magia de estos rincones que permanecen al borde mismo de las carreteras. Sitios que, si nos permitimos disfrutar del trayecto, aún dejan volar la imaginación sin falta siquiera de bajar del coche.

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