12 de agosto de 2018
12.08.2018

El futuro de la tauromaquia se llama Roca Rey

El torero peruano, a hombros con Padilla, firma una tarde sublime en la que Morante se dejó un toro vivo

12.08.2018 | 02:03
El futuro de la tauromaquia se llama Roca Rey
Pase por alto de Roca Rey a pies juntos al sexto de la tarde.

Segunda de abono. Más de tres cuartos de entrada en tarde soleada. Se han lidiado seis toros de Montalvo, correctos de presentación -más cómodos de cara primero y segundo- y de juego desigual. Extraordinario el 4°, que fue ovacionado en el arrastre, y buenos 3° y 6°. Juan José Padilla (azul marino y oro): pinchazo, media estocada y descabello (ovación). Estocada desprendida (dos orejas). Morante de la Puebla (verde botella y oro): estocada delantera (oreja). Cinco pinchazos y un descabello (bronca tras tres avisos). Roca Rey (verde musgo y oro): estocada (dos orejas). Estocada algo caída (oreja con fortísima petición de la segunda). Incidencias: Padilla fue obligado a saludar una ovación desde el centro del ruedo al finalizar el paseíllo.

El futuro de la Tauromaquia y su supervivencia pasa por Roca Rey. Pocas dudas pueden quedar al respecto y ya es hora que Enrique Ponce y "El Juli" descansen de tamaña responsabilidad -ojalá que no se fuesen nunca- tras tantos años tirando de un carro del que se bajó José Tomás hace ya tiempo para hacer bolos por los pueblos y del que no ha querido hacerse cargo Talavante. El torero peruano tiene tirón en taquilla, conecta con los tendidos y hasta el público menos aficionado pregunta cuándo torea ese chaval del Perú del que tanto y todo el mundo hablan. Tiene un valor que no le cabe en la taleguilla, cara de rico, clase, elegancia, belleza -nunca ha triunfado un torero feo- y en pocas temporadas ha logrado un nutrido grupo de detractores, fundamental para ser figura de época. Ayer cortó tres orejas -debieron ser cuatro- y no fue su mejor tarde. Echen cuentas.

Recibió a su primero con preciosas verónicas, ganándole terreno hacia los medios a su oponente y meciendo su embestida. Se lo dejó vivo en el caballo y no lo atosigó en el tercio de banderillas, donde se ganó la mención Juan José Domínguez en el tercer par. Se fue Roca Rey al centro del ruedo, donde van los grandes, y poco a poco lo fue metiendo en el canasto. Lo sometió por abajo, lo templó hasta la sublimación. Los olés cada vez eran más largos, tan profundos como sus tandas, que se sucedían sin solución de continuidad. Un pase de las flores, tres muletazos y el de pecho puso El Bibio en ebullición. Tomó entonces la zurda y por ahí le costaba más al buen Montalvo. Listo y rápido solucionó el problema Roca Rey con un circular invertido. Dos molinetes sirvieron para volver al derecho, cruzándose al pitón contrario, dando el pecho y sin un solo paso atrás. Se metió entre los pitones como si de un toricantano se tratase. Lanzó el estoque simulado para concluir por luquesinas con la plaza puesta en pie hecha un manicomio. Dos orejas incontestables.

Pareció hacer borrón y cuenta nueva en el sexto. Lo brindó al público antes de enlazar una decena de muletazos por alto sin levantar ni mover un milímetro sus zapatillas. Clavado en la arena, con una verticalidad impávida que asusta. Sometió al buen Montalvo por el derecho, le obligó a embestir por abajo, humillado y se lo pasó muy cerca mientras sonaba el simpar pasodoble Nerva. Vive el peruano en un estado de gracia permanente y no conoce la duda frente al toro. Lo cuajó de principio a fin y los tendidos volvieron a ponerse en pie a gritos de "torero, torero". Se fue tras la espada y el toro le enganchó sin consecuencias, más allá del triunfo. La plaza fue un clamor pidiendo las orejas, pero el segundo trofeo no llegó porque el presidente hizo valer su criterio al amparo del reglamento. La opinión de uno frente a la de las cinco mil personas que ayer clamaban por Perú. El día que deje de venir el público, a ver qué reglamento aplicamos.

Le acompañó en hombros Juan José Padilla, que se fue triunfante de El Bibio en la temporada de su adiós de los ruedos. Máximo respeto a un torero que ha derramado su sangre por las plazas de media España y parte del extranjero. Qué menos que rendirse, como ayer lo hizo el respetable, ante tal derroche de entrega. Pasaportó pronto a su primero, un animal infame de Montalvo que no tenía un pase ni un solo atisbo de casta. Su mansedumbre obligó a Padilla a matarlo en toriles. El cabrón del toro le apretó y lo prendió, afortunadamente por el pañuelo que le cubre la amplia cicatriz que un toro le dejó en la plaza de Arévalo. Se fue a la enfermería entre una fuerte ovación.

Salió a por todas en el cuarto, un toro extraordinario de Montalvo, de nombre "Cinchuelo", que mereció la vuelta al ruedo. Lo saludó con dos largas cambiadas antes de torear a la verónica. Bueno fue el galleo por chicuelinas en el quite, recogiendo los extremos del capote para hacer más chico, y notable la primera tanda, ya con la franela, de rodillas. La infinita calidad de su embestida permitió a Padilla llevar ligado "Cinchuelo" en redondo. Calidad superlativa la de este ejemplar que hace grande a una ganadería. La conexión con los tendidos fue total y las dos orejas cayeron sin remedio. Clamorosa vuelta al ruedo enarbolando la bandera pirata y hasta un mantón sobre sus hombros. Un cuadro. Luego, agarró un puñado de arena, lo besó y se lo llevó al corazón. Hasta siempre, torero.

Y ayer volvía el torero de la Puebla a Gijón. ¡Ay, mi Morante! El torero más capaz de los que han tenido la aureola de artista en su carrera. Nadie daba un duro por el segundo del festejo, un ejemplar abanto en su embestida, protestado por su huidiza condición y al que la cuadrilla de Morante se empeñó en bajarle los capotes para ver si sonaba la flauta y asomaba el pañuelo verde. No coló. Lo único fue una voltereta de campeonato que se llevó el animal tras un puyazo dañino. Pese a todo, y contra todo pronóstico, se bregó con él Morante, buscándole las vueltas y dejando destellos de su único e irrepetible concepto, que rebosa torería. Cada molinete, cada kirikikí y cada trincherazo destila temple. Lo cazó con la espada y paseó una dadivosa oreja.

Historia parecida fue el quinto, basto y simple en su anodina embestida. Quiso Morante sacar algo en claro, pero solo dos de sus naturales, largos, y el de pecho tuvieron empaque. Luego se atascó con la espada, se sucedieron los pinchazos y también los avisos. Morante y su cuadrilla sabían minutos antes que llegaría el tercero. ¿Para qué evitarlo si pocas cosas hay en el mundo tan toreras como una clamorosa bronca?

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