13 de agosto de 2018
13.08.2018

Mimos y atenciones a los caballos más toreros

Niños y aficionados disfrutan de los cuidados a los jacos, a los que lavaron y peinaron por la mañana

13.08.2018 | 01:40

"De baile y paso ligero, de trote y de galopar (...) cabriolas de colores van dibujando sus patas" dice la sevillana dedicada al caballo de rejoneo. Son caballos sí, pero también toreros cada tarde que se enfrentan junto a su rejoneador a los toros de lidia. La plaza de toros de El Bibio fue ayer un hervidero por la mañana en la que multitud de aficionados se agolparon en el patio de caballos -por la parte trasera de El Bibio- para ver cómo el personal de cuadra de los tres rejoneadores actuantes lavaba, peinaba y adornaba a los caballos de cara al festejo vespertino.

Tordos rodados, vinosos y picazos. Negros y castaños. Alazán, albinos y bayo. Si las capas de los toros presentan una inmensa gama cromática, la de los caballos galopa hacia adelante. Hasta dos de pinta apalusa, como los que montaban los indios en las películas del Oeste -blanco y con lunares negros-, que lleva en su cuadra Andy Cartagena: "Picaso" y "Pintas". Una treintena de caballos, imponentes y esbeltos, de edades comprendidas entre los cuatro años -como "Importante", de Diego Ventura- hasta "Nazarí", de 13 años y padre del anterior. Todos ellos constituyen de por sí una pintura y por ello se convirtieron en el foco de las cámaras de fotos de decenas de curiosos.

Los caballos de rejoneo llegaron a primera hora del día al coso. En sus respectivos y amplios camiones donde cada temporada cruzan la península de plaza en plaza. "Procuramos viajar siempre de noche para evitar las altas temperaturas; intentamos que no pasen más de ocho o nueve horas en el camión, pero a veces, si el viaje es muy largo, lo hacemos en dos días, pasan la noche en una cuadra y retomamos el viaje al día siguiente", explica Francisco Angulo, jefe de cuadra de la rejoneadora francesa Leal Vicens, que ayer supervisó las labores de sus compañeros antes del festejo.

Sus caballos son su prioridad. "Me quitan el sueño", reconoce Lea Vicens con un afrancesado español. "Superviso todas las mañanas porque me gusta ver cuando llegan los caballos a la plaza, así compruebo si alguno está un poco débil con algún problema del viaje; me gusta estar personalmente para poder solucionarlo", relata Lea Vicens, que también fue el foco de los aficionados. La rejoneadora francesa, arropada desde sus inicios por los hermanos Ángel y Rafael Peralta -una referencia en el mundo del toreo a caballo- se mostró sorprendida ante "la afición desmedida" que hay en Gijón. "Es increíble la cantidad de gente que está esperando este momento", apuntó mientras firmaba autógrafos a niños y mayores.

Una vez llegan al destino los jacos y yeguas les bajan uno a uno para que se vayan estirando. Los lavan con esponjas, jabón y mucho mimo. Lo hacen uno a uno, desde las orejas hasta las pezuñas y sin prisa alguna. Les revisan sus herraduras, les cepillan las colas y peinan las crines y la cola como si de un niño se tratase. También es toman la temperatura vía rectal para asegurarse que se encuentran en perfecto estado para torear. Les examinan cada extremidad, por si tienen alguna pata o mano -cuartos delanteros- inflamada por el viaje. Luego les engalanan para el festejo: unos llevan lazos de colores entrelazados en sus crines. Otros, en cambio, lucen su "melena" al viento, y algunos llevan prendidos madroños o bolas, también con colorido. Luego, las sillas.

La cuadra de Diego Ventura era la predilecta de los aficionados, que se agolparon para hacerse fotos con "Remate", el caballo albino que Ventura reserva para el último tercio o "Nazarí", la joya de su cuadra. Un espectáculo.

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