04 de agosto de 2019
04.08.2019

El buen rollo del Sella sale a flote

"Esto solo es una vez al año", claman los participantes en una gran Fiesta de las Piraguas agotadora y desenfrenada

04.08.2019 | 00:08

Gabriel Carral cabeceaba sobre su cerveza en la barra de uno de los bares de la plaza del Cañón de Arriondas. Aún no eran las diez de la mañana y ya había unos cuantos como este coruñés, un tanto cansados, lentos o tambaleantes, que llegaban en grupos o parejas y se dejaban caer sobre los adoquines y las barras. Porque el sábado de Piraguas en Asturias para algunos empieza con un desfile por las calles de Arriondas pero para otros empezó muchas horas antes y a veinte kilómetros de allí.

En las plazas riosellanas y en la Playa de la Atalaya se congregaron multitudes. Aunque el viernes de la semana grande riosellana se vive "como cualquier otro día de Piraguas", también se hace "con mucha más gente, empujones y música en la calle" reflexionaba el sierense Omar Riestra, quizá poco entusiasta, por hacerlo a posteriori, cuando el cansancio y el precio de los excesos ya empezaban a golpear. Pero, realmente, la fiesta riosellana "no defraudó", ni a los de aquí ni a los de fuera. Por ejemplo Jorge Parra y Sebastián Oleaga, venidos de San Rafael (Segovia) -"ese pueblo que siempre se colapsa por la nieve"- dicen haberse sorprendido por "la cantidad de gente y el buen rollo", algo que se han encontrado "casi de casualidad". Estaban de viaje por Asturias y, al enterarse de que coincidía con las Piraguas se dejaron caer por la ribera del Sella. Otros, especialmente locales, que durante los días previos se mostraban escépticos sobre el llamamiento que iba a tener la cita, tuvieron que tragarse sus palabras, porque había, como decía el caraviense José Fernández, "mucha más gente que en las últimas ediciones". Algo especialmente reseñable si se tiene en cuenta la competencia de las 20.000 entradas vendidas por el festival 'Riverland', coincidente en fechas con la Fiesta de las Piraguas.

De los que estaban en Ribadesella unos durmieron y otros empalmaron una cosa con otra, pero a las 8.00 empezaba la procesión hacia Arriondas. Unos con pasos lentos que les llevaron de las barras de metal hacia un tren de aglomeraciones, "olor a alcohol y demasiada marcha" como decía una canaria que se había acercado con sus hijos y su marido hasta Arriondas en el mismo medio de transporte. Otros, en cambio, habiendo dormido mucho o poco, salían recién duchados hacia sus motos o coches. Las motos, mayoritariamente de cincuenta, humeantes y sufrientes, recorrían a duras penas el camino que separa Ribadesella de Arriondas cargando con sus ocupantes, siempre de dos en dos. Los coches y las motos aparcados en los arcenes anunciaban la llegada y muchos comentaban la "impresionante" estampa que dejan el aparcamiento y el camping del "Riverland" desde la carretera, una marea de tiendas y coches relucientes bajo el sol.

Un poco más adelante, a la entrada del pueblo que más tarde sería testigo del evento deportivo, muchos desayunaban bocadillos de criollo acompañados de cervezas o tazas de café. Allí, el ovetense Jaime Kelly, veterano en eso de salir y, aun así, guardar fuerzas para seguir con la fiesta en Arriondas, rememora como "un año, uno de los que vino con nosotros, se quedó dormido, mientras desayunábamos, en uno de los remolques que se usan para llevar las piraguas. Apareció tres pueblos más allá".

Pero eso son los riesgos de vivir intensamente, de querer cubrirlo todo o vivirlo todo. Si no, que se lo digan a ese gallego que cabeceaba sobre su cerveza antes de las diez de la mañana. Carral cuenta que no solo está "de doblete" sino que eso se suma a "haber salido el jueves y, sin apenas dormir, haber bajado el Sella". Algo que resume el alma de las Piraguas, "disfrutar de lo festivo y, por lo menos, no perderse lo deportivo" decía un vecino de Arriondas justo antes del desfile.

Cuando comenzó a sonar la música de las bandas de gaitas que abrían la marcha ya corrían las compuestas y las cervezas. El pueblo que, hasta entonces todavía estaba un tanto aletargado, se reactivaba. "Los Tritones" animaban el ambiente con cánticos tan censurables como irrisorios y hasta en el palco de autoridades hubo quien parecía divertirse de manera sincera pese a los flashes. Entre los que marchaban estaban los doce reyes asturianos, el Rey Aurelio (José María López) explicaba que esta era una "de las obsesiones de Dionisio de la Huerta", que "de las Piraguas participase la monarquía astur, como ejemplo de asturianía". Y, justamente entre ellos, estaba el propio Dionisio. O, por lo menos su doble, igual vestido, con su cara y su gesto, elevado en esta fiesta suya a la categoría de leyenda.

Tras el desfile comenzaron a bramar los altavoces, que llamaban a sus puestos a los competidores, aquellos que justifican todo el desenfreno que se vive a su alrededor. "Los Tritones" desempeñaban su trabajo, pinchando con sus tridentes a todo aquel que pudiese estorbar la salida de las canoas y la gente se agolpaba buscando los mejores lugares para contemplar la salida. En las orillas del río el ambiente vibraba con un carrusel de emociones; de los nervios a lo emotivo y a la silenciosa tensión previa al disparo del cañón. Entre el público lo que más se vivió fue el canto del himno de Asturias. Un momento de comunión entre la multitud que, incluso, le sacó las lágrimas a más de uno. Después de que los ceperos soltasen las canoas y el último piragüista se hubiese perdido de vista, muchos volvieron a las calles de Arriondas para continuar con la fiesta. Otros, en cambio, cogieron sus motos para seguir, en procesión, el recorrido del Descenso hasta Ribadesella. Un avance lento entre la multitud de vehículos, al ritmo de la cabeza de los palistas y con paradas tan cerca de la ribera como permite la carretera. Un trayecto mucho más amable que el que tomaron muchos otros, un tren de vuelta que, según el almeriense Aarón Sánchez, era "como una sauna". Una experiencia "horrible" en un tren que tuvo a sus viajeros "casi una hora parados". Pero nada de eso aguó la fiesta, que continuó durante todo el día en las calles de Ribadesella. Bocadillos de calamares y de carne guisada, cañas, sidras y monteras piconas, que dejarían paso, según pasaran las horas, a los grados de las copas.

Allí, cruzando el puente en busca "por fin" de una cama, el orensano Rubén Pérez dice, arrastrando los pies, que "le sobraron seis horas de fiesta". Pero, como suelen decir, las Piraguas "son solo una vez al año". Y "enteras" solo las viven unos pocos.

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