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El Fornu Mena

El Fornu Mena

El Fornu Mena

Esta casa de comidas rural se encuentra en medio de la nada, allá perdida en una aldea del Oriente interior de cuyo nombre no logramos acordarnos, pero es en cocina la esencia de las tierras norteñas: abundantes grasas, salsa de tomate, cebolla y ajo en el plato del día. Cosa muy distinta es la carta, de la que se muestran muy orgullosos, aunque no pueden imprimirla por falta de medios y sólo la recitan en cada ocasión. "Hoy puedo ofreceyos mestura, papes, culiestros, pan del tchouro o pegarata" (y dicen los que la frecuentan que a veces esllava, en el colmo del tipismo). Los clientes han de ponerse un extraño gorro negro apuntado y a veces suena una gaita y su roncón, que sopla un nativo aficionado, porque no quieren energía eléctrica y ni siquiera pueden enchufar una radio-casette. Las mesas están desvencijadas, los manteles remendados, los visillos a punto de desintegrarse, y en la decoración predominan las chatarras diversas. En los días de invierno un frío natural deja ver el aliento (o la alienda, como dicen los que saben).

El solado sí que es también natural, es decir, de tierra. Cuando llueve, las muchas filtraciones de fuera lo embarran, momento en que se proporciona un par de chanclos a cada comensal con unas zapatillas Wamba en su interior para aportar algo de confort a los resfriados pies. El cliente puede elegir igualmente, si es diestro en ese arte -y pocos quedan-, un calzado típico de madera con patas que usaban en la zona y cuyo nombre tiene origen mozárabe. Pero, de no ser diestro, más le vale no calzarlo porque arriesga dislocar un miembro. "Yera asina como taba aonde mio pa, y el so pa y por ahí palantre".

La carta decepciona casi siempre al paladar del burgués mal acostumbrado y Mena tiene respuesta: "Esti yera un país muy prubín. Somos muy respetuosos con lo nuestro, guste o no". Se paga en belarminos -canjeables a la entrada- la única moneda que se acuñó en la región antaño, para que todo siga siendo de gran autenticidad.

La dueña y cocinera, Filomena, es una especie de Agustina de Aragón de estas tierras: de no ser por ella ya habríamos olvidado todo esto y estaríamos completamente invadidos por las agresivas cocinas foráneas, tan snobs como decadentes.

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