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De guapo subido | 19 | San Esteban (Muros)

Un rincón conocido, pero sin pasarse

El pueblo carbonero que pintó Sorolla es hoy un punto clave turístico que presume de tranquilidad: “Que esto no sea Llanes”

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San Esteban, el pueblo guapo conocido, pero no tanto Irma Collín

“Me gusta que el pueblo sea conocido, pero sin pasarse, eh”. Lugareños y turistas habituales se ponen de acuerdo rápido. Desean que esto siga así. Que venga gente. Que en las terrazas haya ambiente, pero que haya también sitio. “Que esto no sea Llanes, vamos”. Que se siga pudiendo aparcar. Que nunca se vaya la tranquilidad. Todos analizan San Esteban al dedillo, un coqueto pueblo de la comarca del Bajo Nalón. Para los asturianos consultados por LA NUEVA ESPAÑA, la 19.º localidad más guapa de Asturias. Es el pueblo de la desembocadura del Nalón, separado de San Juan de La Arena (Soto del Barco) por una majestuosa ría que acaba en el Cantábrico.

A un par de kilómetros está Muros, la capital del concejo al que pertenece San Esteban. Tiene una extensión de unos tres kilómetros con un glorioso pasado industrial impregnado en el carbón que salía por su puerto y un presente volcado en el turismo. La población censada en San Esteban no llega a los 500 habitantes. En verano se ha triplicado y el crecimiento va a más cada año: un recién inaugurado hotel de cuatro estrellas lo avala. En el pueblo hay otro más. También nueve bares y restaurantes.

Enrique Suárez, “Quique”, ha sido testigo directo del crecimiento del pueblo. Con 14 años se puso detrás de la barra del bar La Nueva España y no se movió de ahí hasta su jubilación, el año pasado. Con él se cerró el local. 50 años de fiel vigía. “Todo esto (señala el muelle desde el paseo marítimo) hace 50 años eran montañas de carbón y las casas estaban en ruinas. El de San Esteban era uno de los puertos más importantes del Norte”, rememora el jubilado hostelero, muy querido en el pueblo. “No cambio esto por nada (señala la dársena). Aquí, en San Esteban, hay tranquilidad y ambiente: esa es la clave. Competimos con muchos pueblos, pero ahí estamos, entre los veinte primeros de Asturias”, dice con orgullo.

Una vista del pueblo en su parte alta, con la iglesia a la derecha. | Irma Collín

San Esteban tiene un par de encantos a primera vista: la parte del paseo marítimo y el muelle, con casas y edificios de una hermosa arquitectura modernista portuaria, y un paseo marítimo que abarca dos kilómetros y que finaliza en el faro. Ahí empieza la costa occidental asturiana, con una sucesión de playas de piedra e imponentes acantilados, y un bonito paseo hasta la punta de la barra y el faro.

El pueblo está a tres alturas, en cuesta, y conviven casas con jardines y bloques de viviendas. El historiador avilesino Román Álvarez fue uno de los cien asturianos que votó a San Esteban en primer lugar. “Esto es una maravilla (señala la desembocadura del Nalón desde el puerto). Se le conocía como la Arcadia Asturiana y es un entorno inigualable”, presume mientras desmenuza la historia del pueblo paseando por el puerto. Su nombre tradicional es San Esteban de Bocamar, del que hay constancia escrita hasta el siglo XIX. En el XX pasó a llamarse San Esteban de Pravia. Ahora es oficialmente San Esteban a secas y el “de Pravia” ha sido tachado de la mayoría de los carteles.

Una antigua grúa. | Irma Collín

Álvarez destaca la historia industrial del pueblo, la más conocida, pero también la cultural, quizá la que menos. “Antes de la época del carbón tiene un protagonismo especial la Colonia Artística de Muros, creada por el pintor asturiano Tomás García Sampedro”. Numerosos artistas, entre los que estuvieron Campuzano, Robles o Lhardi, acudieron varios veranos y pintaron San Esteban y el concejo. Fue la época del estudio de la luz. Atraído por La Colonia y por su amistad con García Sampedro también acudió y pintó mucho en la ría Joaquín Sorolla, que se desesperaba de lo lindo porque el clima, y por tanto la luz, cambiaban al minuto y era complicado captar el momento. Después de los pintores llegó el carbón. En el puerto perviven, restaurados, dos enormes cargaderos de carbón y tres grúas.

Su nombre tradicional es San Esteban de Bocamar, del que hay constancia escrita hasta el siglo XIX

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El carbón llegaba a San Esteban de las cuencas mineras por ferrocarril y partía en barcos. “El puerto de San Esteban llegó a competir con Avilés y Gijón”, recuerda el historiador, que también destaca la estancia en la localidad del poeta nicaragüense Rubén Darío. En la década de los setenta el puerto carbonero empieza a morir. San Esteban busca reinventarse y se empieza a construir lo que es hoy en día.

Quique González en el puerto. | Irma Collín

Quique González en el puerto. | Irma Collín

“Es una zona impresionante y se deben potenciar los deportes marítimos”, explica Álvarez. Los vecinos siguen reclamando la ansiada pasarela que una San Esteban y San Juan de La Arena, el eterno proyecto que no avanza. “Estaría bien, pero tampoco sería algo definitivo para el crecimiento. La política del Principado y del Ayuntamiento es lenta, pero acertada”, cree el historiador, que fue concejal de Cultura en Avilés con el PSOE.

En el verano en San Esteban hay vida pese al covid. En el pueblo hay en los meses estivales juventud y cada vez más iniciativa privada. “El pueblo creció muchísimo, pero faltan muchas cosas. De la mano del Ayuntamiento no se hace nada porque pasan de todo. Solo prohiben: prohibieron bañarse y también pasear por el espigón”, explica Mónika González, vecina de San Esteban, haciendo referencia a la colocación de dos vallas que impiden el paseo hasta el faro y que indignan a los vecinos. González ejemplifica el carácter abierto del pueblo, sin duda herencia de un pasado glorioso con marineros llegados de muy lejos: organiza desde hace varios años un festival gay, “El Orgullín”, que ha ido creciendo año a año y que ahora está en stand by por el covid. “Volveremos a hacerlo el año que viene”, explica González desde el centro del pueblo. A dos kilómetros de allí, en el paseo de la barra, está la playa de San Esteban. Se llama El Garruncho y tiene varias zonas de baño. Es de piedra y caminando por ella y atravesando pedreros se llega a un pozo natural, El Focarón.

Mónika González, en el pueblo. | Irma Collín

La familia Pau –José, Mari Luz y su hija Nerea– son de Morata de Tajuña (Madrid) y pasean por la zona de la playa por primera vez. “Esta zona es preciosa, no es tan conocida como la oriental, pero no tiene nada que envidiar. Lo mejor es pasear”. Piensan parecido Itciar Estensoro y Sergio Alarcón, castellonense y gallego, pero residentes en Madrid. “Lo conocíamos del año pasado y no dudamos en repetir. El entorno es una pasada, se junta mar con montaña. Volveremos”.

Unas inclinadas escaleras en la playa conducen al mirador del Espíritu Santo, desde donde se contempla parte de la costa cantábrica. Una visión inigualable epílogo para un pueblo, San Esteban, que va a más, pero sin llamar la atención. Mejor así.

Román Antonio Álvarez. | Irma Collín

Román Antonio Álvarez. | Irma Collín

A destacar

Cómo llegar

Desde Oviedo hay que tomar la Autopista del Cantábrico dirección A Coruña y hay dos posibles desviaciones para llegar a San Esteban. La primera es coger la salida del aeropuerto y posteriormente la de Soto del Barco. Desde ahí, ya está señalizado San Esteban. La otra opción es seguir y coger la salida a Muros y desde ahí acceder a San Esteban. En coche se tarda media hora. También se puede llegar en tren (desde Oviedo) o en autobús (hay línea desde Gijón).

No perderse

Uno de los puntos fuertes de San Esteban es el paseo hasta la punta de la barra del faro. Desde el centro del pueblo se tarda una media hora. También es recomendable visitar el mirador del Espíritu Santo. Se puede llegar por una carretera que además tiene un carril de paseo o caminando desde la playa de “El Garruncho”, subiendo unas escaleras. En verano, si el tiempo lo permite, el baño en la zona de “La Guardada”, pegado a “El Garruncho”, es una de las atracciones del pueblo del Bajo Nalón.

Qué dicen

Los vecinos dicen que agosto es la mejor época del verano para conocer el pueblo. Que hay bastante gente, pero ningún agobio. Muchos turistas se alegran de la climatología porque la mayoría acude en busca de fresco. Otros, minoría, se entristecen por la falta de sol. La comidilla del pueblo este verano ha sido la colocación de dos vallas que impiden el acceso al faro. “No entendemos nada”.

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