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El pequeño Versalles asturiano está en El Pito

Nueve hectáreas de cuidados jardines, tapices tejidos hace cinco siglos y hasta un retrato pintado por Goya en la visita a la Quinta de los Selgas, abierta al público solo en verano

Hay que echar unos minutos en los bancos que flanquean este recinto, frente a la fachada principal del palacete y con un estanque repleto de nenúfares.

Como el palacio de Versalles, pero en pequeñito. Así podría definirse la Quinta de los Selgas, un majestuoso palacete rodeado de nueve hectáreas de impresionantes jardines que la familia Selgas-Fagalde levantó en El Pito (Cudillero), y que este verano está abierta a visitantes y curiosos. Allí pueden admirarse vergeles con especies traídas de todo el mundo, tapices tejidos hace medio milenio y hasta un retrato pintado por Goya. Y todo a media hora en coche de Oviedo o Gijón.

La Quinta de los Selgas es uno de los muchos tesoros escondidos de Asturias. Una vez visitada, resulta increíble pensar que esta no sea una página impresa a color en las guías de viaje y una parada obligatoria en todos los tours por el Principado. Quizás sea porque le falte publicidad, algo de lo que deberían encargarse sus gestores, la Fundación Selgas-Fagalde, una entidad nacida para conservar el palacio y sus jardines, así como la amplia colección artística que amasó la familia, valorada en más de 50 millones de euros.

A El Pito se llega por la salida 425 de la autopista del Cantábrico, la A-8. El aparcamiento de la Quinta no está muy bien señalizado, pero Google Maps te dirige perfectamente y, si no, siempre hay algún vecino que amablemente ayuda a llegar al destino.

Vista del jardín francés, con la quinta al fondo. | A. F. V.

De todos modos, aunque grises, los muros de cemento que protegen la finca actúan como luces de colores para el visitante: no dejan lugar a la duda, «tiene que ser ahí». Para más señas, en unos de los flancos una verja deja ver parte del jardín francés y una de las caras del palacio. Esa vista, que por cierto ya impresiona, no es nada con lo que está por venir.

La visita a la Quinta comienza previo paso por caja: 10 euros para el público general, 6 para menores de 16 y discapacitados y gratis para niños de 7 años o menos, un precio un tanto elevado si se tiene en cuenta que no incluye visita guiada (cuesta 40 euros) ni audioguías.

El invernadero. | A. F. V.

Una vez en el interior del recinto, un camino de grava que haría las delicias de cualquier adicto al ASMR –experiencia caracterizada por una sensación estática u hormigueo en la piel a través del sonido– guía al visitante hasta la primera parada: el ara de Cornellana y cancel de la basílica de Santianes de Pravia erigida por el rey Silo, dos piezas arqueológicas descubiertas por Fortunato Selgas Albuerne, uno de los impulsores de la quinta, que pueden verse a través de una cristal.

A dos pasos, el jardín francés. Flanqueado por enormes arbustos de más de tres metros de altura, se trata de un vergel diseñado a base de escuadra, cartabón y compás. El sueño de Euclides o cualquiera de los padres de la geometría decorado con begonias de flor roja y un césped inmaculadamente cortado. En el centro, una fuente con nenúfares y carpas doradas. Un espectáculo que merece ser contemplado desde los bancos que flanquean esta cara sur del palacio.

Detalle de una farola. | A. F. V.

Precisamente la Quinta es la siguiente parada en el recorrido. Tal y como advierten los vigilantes, es necesario ponerse mascarilla «para evitar la degradación de las obras de arte». Las dos plantas de la mansión ideada por los hermanos Ezequiel y Fortunato de Selgas Albuerne en 1880 está trufada hasta los topes de obras de arte. Entre la tenue iluminación puede encontrarse un retrato de Felipe II atribuido a Rubens, otro del General Ricardos con la firma de Goya, una vasija japonesa del siglo XVII y espectaculares trabajos de marquetería y ebanistería. Un verdadero espectáculo para los expertos en arte y para los que no lo somos. Las espectaculares estancias solo pueden verse in situ: no está permitido hacer fotos. Solo eso ya merece la pena la visita, porque verlo es mejor que leerlo.

A la salida de esta visita, que lleva al menos media hora, se alcanza el jardín italiano, presidido por dos imponentes araucarias y ornamentado con escalinatas y un estanque. Es la puerta al pabellón de los tapices, donde se alojan algunas de las joyas de la colección de los Selgas-Fagalde. En total son nueve, proceden de las manufacturas de Bruselas y datan de los siglos XVI y XVII. Esta visita, que también hay que hacer con mascarilla, merece la pena. Más teniendo en cuenta que tampoco pueden tomarse imágenes, así que es la única manera de admirar esos telares conservadores durante medio milenio es allí mismo.

La siguiente posta del recorrido es el invernadero. De estilo francés, combina hierro y acero. Es una estructura que, salvando las distancias, recuerda al Grand Palais parisino, y de la que el visitante puede ver una parte ínfima, ya que solo está permitida la entrada hasta el quicio de la puerta. Eso sí, suficiente como para admirar la construcción y algunas de las especies que allí se cultivan.

El jardín italiano. | A. F. V.

El invernadero es la antesala del más grande de los jardines: el inglés. Exuberante y salvaje, un mimado caos botánico que combina enormes secuoyas con praderas, fuentes y puentes que cruzan riachuelos. La joya de este vergel es un templete jónico que, aunque no está permitido acercarse, se disfruta igualmente desde lejos, en lo que puede ser la postal más bonita de todo el recorrido.

El «tour» finaliza en el museo escolar, una colección de material didáctico de la escuela benéfica que la familia Selgas abrió en 1915 para los niños de El Pito, Habana, Aroncés y Atalaya. Pueden verse libros y demás enseres desde 1915, entre los que destaca una máquina de cine de 1940. Aquí termina, aproximadamente hora y media después, la visita a la Quinta de los Selgas. Sin duda uno de los grandes tesoros desconocidos del verano asturiano.

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