Dos formas de aproximarse a la carne y a la tragedia del ser humano; una sufriente, otra extática. El Museo Guggenheim y el Bellas Artes de Bilbao exponen obras del austriaco Egon Schiele (Tulln an der Donau, 1880-Viena, 1918) y el colombiano Fernando Botero (Medellín, 1932), dos nombres mayores de la pintura contemporánea. La de Schiele en el Guggenheim podrá contemplarse hasta el 6 de enero. Se trata de un centenar de dibujos, gouaches y acuarelas del probablemente más freudiano de los expresionistas. Las obras, procedentes del Albertina de Viena, pueden verse como un resumen de la fulgurante trayectoria de este «enfant terrible», empeñado en volver del revés todos los lugares comunes artísticos de su época, lo que le valió una estancia de 24 días en la cárcel por pornógrafo (gentileza de un juez coleccionista, a su vez, de pornografía). En la muestra están algunos de sus autorretratos, llenos de violencia y angustia existencial; también sus famosos dibujos de menores prostituidas, de mirada triste y articulaciones escrofulosas, o varios desnudos de mujeres con ese tratamiento de la piel que hace pensar en la materia en proceso de descomposición.

La exposición se abre con obras de su primera etapa como fiel discípulo (y algunos dicen que amante) de Gustav Klimt. Pesa aún en ellas el decorativismo klimtiano, como en el retrato de su hermana pequeña Gerti (con la que probablemente se inició en la sexualidad). Pero luego sigue su propio camino y va mucho más allá de lo que el pope de la «Sezession» se atrevió a ir. «Yo he pasado por Klimt», resumió. Y se lanzó de veras a la búsqueda de la «Nuda Veritas» pregonada por el maestro, huyendo de cualquier estetización y ornamentalismo, abrazando un ideal del arte de una subjetividad irreductible y casi suicida.

Ese vaciamiento de lo superfluo deja a sus figuras en la desnudez de sus pasiones y angustias, en el mayor desamparo ante la única verdad del ser humano, la intimidad con la muerte. «Alles ist lebend Tot», todo está muerto en vida, decía.

Ante algunos de estos desnudos, es inevitable volver la vista atrás en la historia del arte, como con ese «Desnudo femenino yacente con las piernas abiertas», la contraposición de «El origen del mundo», de Courbet. Schiele también muestra impúdicamente un sexo femenino en primer plano, pero abre el foco para mostrarnos el cuerpo exánime de una mujer, hollada de manchas de putrefacción y cuyos ojos vidriosos hacen pensar en un cadáver. Uno parece encontrar la mirada del forense. En el caso del citado desnudo, algunos especialistas sostienen que se trata de una mujer a la espera de una revisión ginecológica. Se ha hablado de la cercanía de Schiele a la poesía de Georg Trakl, pero sería más propio hermanarla con el primer Gottfried Benn, el de «Morgue» y su implacable mirada sobre la condición humana.

«Ninguna obra de arte es obscena», escribió. Aunque Schiele lleva al paroxismo la obsesión por el desnudo de Klimt, sus obras no han sido concebidas para provocar excitación sexual. Ni tampoco indignación social, que es el sentido que algunos han querido dar a sus incómodos dibujos de niñas de la calle. Su mensaje es aún más peligroso, al evidenciar sin tapujos la sexualidad infantil, algo intolerable en la sociedad mojigata e hipócrita de su época. Schiele es puro existencialismo, retrata el terror y el estupor ante la existencia. Ahí están sus dos niñas sentadas, una junta a la otra, muy pegadas, con rostros inexpresivos, como si se tratase de muñecas colocadas en una estantería. O ese hombre abrazado por una mujer, un pelele inarticulado de ojos desorbitados, una obra que proclama un abismo infranqueable entre los dos sexos, un mensaje de los más weiningeriano.

La muestra también incluye los retratos fotográficos de Anton Josef Trcka, en los que no podía faltar el motivo del «doppelgänger», el doble, una de las obsesiones de la cultura alemana. En estas fotografías, Schiele ensaya, definitivamente de forma menos excesiva, la tensión neurasténica que recorre sus cuadros.

De la carnalidad triste y angustiada de Schiele, a la desmesurada y pletórica de Fernando Botero, 79 de cuyas obras se muestran en el Bellas Artes de Bilbao hasta el 20 de enero. Quizás ambos pintores estén alejados en la forma, pero no en el fondo. Y es que bajo esas escenas de bailes, francachelas y odaliscas en paños menores de Botero, bajo esos colores amables y nutritivos, late la misma desesperación. Esos orondos cuerpos no son más que la expresión del excesivo peso de la existencia. Los rostros de seriedad y las miradas de estupor de las figuras no dejan lugar a dudas. La exposición despliega la trayectoria del colombiano, desde sus inicios hasta el aposentamiento de su estilo, y se detiene en sus diferentes temas: los recuerdos de infancia y juventud, el clero y el mundo del circo, sin olvidar sus recreaciones «boterianas» de los grandes maestros o la tauromaquia. La muestra incluye además el tríptico dedicado a la cárcel iraquí de Abu Ghraib, una moderna danza de la muerte de cuerpos torturados entre barrotes.

Después de tanto castigo del alma, se hace necesario darle un poco de sosiego gastronómico. La oferta en Bilbao es inabarcable. Baste citar dos clásicos: La Reina del Arenal, cerca del Ayuntamiento, que es siempre un valor seguro y el Bitoque de Alvia, un local con una oferta más moderna. Aquí pueden comerse huevos a 65 grados, sushi o carpaccio de atún a precios no prohibitivos.