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La comida casera se compra en la tienda

Un producto de calidad y de cercanía y el cambio de hábitos disparan la clientela de los negocios de platos cocinados

Silvia Fáez sirve una bolsa con comida a Miguel Macías, junto a la cocinera Covadonga Cancelas, ayer, en la tienda de Muros.

Silvia Fáez sirve una bolsa con comida a Miguel Macías, junto a la cocinera Covadonga Cancelas, ayer, en la tienda de Muros. Mara Villamuza

Hasta una tonelada de ensaladilla puede vender (al peso, por raciones) un verano Iván Pulido en El Hórreo, en Muros. Arancha Burgueño pierde la cuenta de los cachopos listos para comer –“es exagerado”– que despacha en La Cocina de Arancha, en San Juan de la Arena (Soto del Barco).

Sus establecimientos están dedicados exclusivamente a la elaboración y venta de comida para llevar, un negocio al alza, asentado en Asturias relativamente hace poco y al que la pandemia no ha hecho más que empujar. “El tiempo es de lo más valorado hoy en día, vale dinero. La gente lo usa para lo que le gusta y si puede evitar cocinar encargando la comida, casera y de calidad, lo hará”, reflexiona Pulido, quien abrió El Hórreo en agosto de 2017 animado por la llegada de nuevos residentes y veraneantes.

De aquella, un comercio de comida para llevar era algo extraño para la gente y costaba entender el concepto. Cuando Arancha Burgueño empezó, un poco más tarde, en junio de 2019, la práctica ya estaba algo más asentada. Se animó al percibir cierta demanda en el restaurante familiar: “Cada vez había más encargos para casa. No me arrepiento, aunque la pandemia me afecta con los cierres perimetrales”.

Silvia Fáez, con comida para llevar, en Muros. Mara Villamuza

Los negocios de estos dos emprendedores –asentado cada uno a una y otra orilla del Nalón– no son muy habituales en el Principado: si bien la comida para llevar es una práctica común y al alza en pandemia, en las ciudades tal nicho está cubierto por los restaurantes, que así capean pérdidas con los cierres impuestos, lo que evita que surjan negocios exclusivos para tal fin, pero en los pueblos es otra historia. Ambos establecimientos han tenido apoyo de fondos europeos con el grupo de desarrollo del Bajo Nalón, donde destacan la importancia de negocios así para dinamizar y diversificar empleo en los pueblos.

Platos elaborados. Mara Villamuza

Aunque los veraneantes y los que tienen segundas residencias suelen ser los principales consumidores, en invierno se mantiene la actividad gracias a los residentes, una clientela al alza y entre los que hay todo tipo de perfiles: mayores y dependientes; parejas y jóvenes que un día a la semana quieren darse un homenaje o evitar cocinar; familias que se reúnen y optan por hacerlo en su casa (con más seguridad) en torno a una paella, una parrillada o un guiso especial, incluso trabajadores que comen fuera de casa y obreros.

Nieves Marqués y Arancha Burgueño, en La Arena. Mara Villamuza

Estos últimos son un cliente al alza. “La posibilidad de encargar la comida para toda la semana les quita trabajo y ahorra tiempo”, explica Arancha Burgueño, quien ha visto crecer la demanda. “Nosotros tenemos menús semanales, de dos platos, de lunes a viernes, en un túper especial que va directamente al microondas. Facilita las cosas y, por supuesto, te ayuda a comer bien, sano y variado”, añade. Cinco menús salen por 40 euros (8 euros cada uno). Los envases son algo fundamental en los negocios de comida para llevar. “Está la opción de comida en frío, envasada, que puedes calentar al horno o al micro. O bien la dejas en la nevera”, añade Burgueño. En fin de semana, cambia la historia: son muchos los que optan por encargos de comida en caliente (paellas, guisos, parrilladas) que se entregan listas para llevar y consumir tras recogerlo. También son habituales los combinados, que incluyen un poco de todo, o los destinados al “picoteo” para la noche.

Mari Paz Fernández, pelando patatas. Mara Villamuza

El cliente no regatea precios, más bien bajos y muy ajustados, pero sí exige calidad y conocer, cada vez más, el origen de la carne, el pescado o qué se echa a la pota. “En nuestro caso trabajamos con ganadería propia, algo que se valora mucho”, señala la emprendedora. Iván Pulido lo tiene claro: “Si tengo un buen producto y funciona, no lo cambio por nada del mundo. La calidad es lo primero”. Además, considera muy importante una buena mano en la cocina. En su caso, su madre Covadonga Cancelas es una de sus mejores bazas y una de las artífices del éxito de su negocio, tal y como reconoce. “Servir comida hecha en una ciudad es más fácil en el sentido de que la clientela es mas amplia y siempre habrá a quien le guste. Pero en una zona rural, tienes que tener alguien que te permita ganarte al cliente, más cercano y pequeño. Hay que darle por el gusto”, apunta.

“Mi madre tenía ya cierta fama después de años trabajando por la zona, es una virtuosa de la cocina y yo no dudé en aprovecharla”. Las ventas van en función de la época. En verano reinan la ensaladilla, la omnipresente tortilla de patata –un éxito entre la juventud, por ser económica, muy socorrida para cualquier reunión o actividad– y las paellas familiares; en invierno, cocidos, potes, guisos... “La cuestión es adaptarse”, apunta Pulido. Los negocios amplían oferta además con vinos, refrescos, pan... Todo para atrapar a un cliente que crece y que se ha afianzado en pandemia. Comer es algo básico y, en los últimos tiempos, lo que se come se cuida mucho. “Dicen que eres lo que comes, y cuanto mejor lo hagas, más sonríes”, añade Arancha Burgueño.

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