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Cine & Series

El placer del desconcierto

La novela de Sarah Pinborough en que se basa “Detrás de sus ojos”, se hizo famosa entre otros motivos por dar pie al hashtag #WTFthatending, algo así como #peroquédiablosesefinal. Seguramente el hashtag vuelva a coger fuerza con el estreno de la miniserie, de la que, como con el libro, es mejor no saber nada antes de empezar el viaje.

De hecho, aunque hoy en día es imposible, lo mejor sería no saber ni siquiera que habrá un final desconcertante. Uno de los aciertos de la adaptación urdida por Steve Lightfoot debe ser su paciencia a la hora de introducir al espectador en una historia y un mundo aparentemente familiares, cercanos a la realidad o casi al realismo “kitchen sink” (esa heroína principal de clase obrera), para después, muy poco a poco, introducir los elementos que desbaratan la verosimilitud de la narración.

El planteamiento inicial es de comedia dramática romántica. Conocemos a Louise (Simona Brown), una mujer divorciada, madre de un adorable hijo de siete años (pequeño gran actor Tyler Howitt), en la noche en que ha decidido a hacer vida social y quedar con su amiga Sophie (Nichola Burley) para tomar una copa. La amiga la deja plantada, pero encuentra a alguien con quien conversar, el apuesto David (Tom Bateman); con quien conversar y también compartir un beso furtivo. Solo un beso. Él se disculpa, dice que no puede hacerlo, se marcha. Pero Louise acaba volviéndole a ver antes de lo que esperaba: es su nuevo jefe en la consulta de psiquiatría donde trabaja como secretaria algunos días a la semana.

Eve Hewson.

Eve Hewson.

Por desgracia, Tom no solo es su jefe, sino que está casado con la bellísima Adele (Eve Hewson), de la que Louise, en cierto modo, también se cuelga, aunque solo como amiga, mientras tiene un lío con David. Como la novela de Pinborough, la miniserie alterna entre las perspectivas de Louise y Adele, con la segunda haciendo también viajes al pasado. La actitud controladora de Tom hacia su esposa parece levemente justificada: ella pasó un tiempo, se nos explica, en un hospital psiquiátrico tras un incendio en el que murieron sus padres, y desde entonces no ha parecido ser la misma. Hasta aquí puedo leer.

El director Erik Richter Strand no tiene la tentación de adelantar desde el principio, con excesos visuales o una cámara más vertiginosa, en qué clase de paisaje delirante acabará la historia. La frontalidad gana a la subjetividad salvo en algunas escenas de pesadilla y ciertos instantes en que la cámara pasa a ser extrañamente flotante, como si alguien o algo observara desde arriba. El efecto es inquietante, pero no distrae en exceso de la acción ni revela demasiado.

Esta serie habla de buenas personas que hacen cosas realmente dudosas (nada fuera de lo normal, por otro lado) y de estrategias misteriosas para superar el trauma. Casi todo en ella resulta inexplicable, pero precisamente ahí radica el placer de la serie: en anteponer el delirio a la razón, el salto al vacío a la red de seguridad, la aventura al más-de-lo-mismo. Sin ser perfecta en absoluto (dirección a veces indiferente, reparto desigual, efectos poco convincentes), ofrece buenas dosis de vértigo.

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