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Con pena perpetua

Robin Wright.

Robin Wright.

Un reloj de arena que toma medidas al tiempo de duelo. Una lágrima embalsada en una mirada que expresa todo el dolor del mundo. Edee ya no puede más: la ciudad es su enemiga, no soporta a la gente. A solas con su desgracia (insertos del pasado irán insinuando lo que le pasó, lo que le pesará mientras viva), camina por las calles como una zombi. Sin esperanza. Fundido a negro. En un lugar salvaje (título español que parece invocar Hacia rutas salvajes, de Sean Penn) guarda las cartas bajo la mesa durante su primera parte para centrarse en relatar las peripecias de la protagonista en las Montañas Rocosas.

Un peligroso cambio del asfalto a la Naturaleza en estado puro y más duro: hay osos que te sorprenden en situaciones delicadas, ríos nada amistosos, inviernos hostiles que te pueden congelar. Grandes espacios de belleza inagotable que la cámara muestra sin prisas, a veces con excesiva tendencia a engarzar postales que alegran la vista pero dejan el ritmo un tanto aletargado. Enfrentarse sola al desafío de sobrevivir sin experiencia (qué difícil es picar leña cuando nunca lo has hecho, mira cómo tienes las manos llenas de ampollas) y escasos medios puede ayudar a tener la mente ocupada y no permitir que las heridas de la memoria hagan cada segundo insoportable, pero el dolor sigue, el dolor te sigue como un cazador implacable y los recuerdos felices tienen una puntería infalible a la hora de perforar la serenidad. Cuando se da cuenta de que su huida ¡no funciona! como bálsamo para los zarpazos de la tragedia (lo que hubiera permitido seguir un camino más inhóspito y audaz a la película), Edee tiene la fortuna de que llegue a su vida gente salvadora que no solo la rescata de un final sombrío sino que también ejerce magisterio para aprender a pescar, cazar y demás habilidades necesarias para que no te coma el paisaje. La opción es tan respetable como convencional. Si la historia de una mujer solitaria empeñada en salir adelante como último recurso para evitar la autodestrucción poseía una fuerza narrativa con muchas posibilidades (el reverso, de alguna forma, de las andanzas de la protagonista de Nomadland, en permanente contacto con personas dentro de su soledad), el giro del guión hacia territorios más dramáticos la vuelve más previsible, sin que haya que despreciar por ello algunos momentos emocionantes hasta el desgarro, como ese repaso a fotos sonrientes o confesiones mutuas en las que dos almas arrolladas por el destino exponen cuándo se fue todo al infierno tan temido. Necesitaba la película más austeridad como la mostrada al principio en su modélico y casi documental planteamiento, y menos revelación de horrores y errores que parecen tener la función básica de intentar inyectar algo de incierto optimismo a la historia.

Robin Wright presenta sólidas credenciales en su debut como directora de cine (realizó algunos episodios de House of cards) y cuenta con la inestimable ayuda Robin Wright para mostrar en la pantalla con admirable economía de gestos (su mirada lo es todo, todo lo abarca) un veraz retrato de un alma en pena perpetua.

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