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La vida tenía un precio

Michael Keaton, a la izquierda, y Stanley Tucci.

Michael Keaton, a la izquierda, y Stanley Tucci.

¿Cuánto vale una vida? ¿La muerte tiene un precio? ¿Tiene el mismo valor económico a efectos de indemnización económica tras una inmensa tragedia el fallecimiento de un alto ejecutivo que el de un bombero o un conserje? Esas cuestiones de elevado voltaje (emocional y político) se plantean en Worth al contar la historia del Fondo Compensatorio para las Víctimas del 11 de Septiembre, organismo, pensado para reparar económicamente a los familiares de las víctimas mortales en las Torres Gemelas. Todo gira alrededor de Ken Feinberg (Michael Keaton, eficaz cuando no se deja llevar por la sobreactuación) es un profesor universitario (en el prólogo muestra su “fórmula” negociadora ante sus alumnos) y un abogado de prestigio que se ocupa de lograr un acuerdo con las familias de las víctimas para que acepten una (insuficiente, pero rápida) compensación y no litiguen: está en juego la salud económica del país.

Worth, aseada e interesante, ilustra sin alardes ni profundidad un asunto que, sin duda, daba para conclusiones y enunciados de mucha más enjundia. Hay una dirección que no toma riesgos, hay un reparto eficiente (sobre todo Stanley Tucci, como siempre robando planos sin despeinarse), hay un guión que pasa de puntillas por los asuntos espinosos (cómo la economía y la política cierran filas cuando llega un peligro común aunque sea apelando a la injusticia y el agravio) y se centra en mostrar la evolución del protagonista, metido en un atolladero ético y moral. Como era de esperar, Worth alcanza sus mejores (y más intensos) momentos cuando muestra en primer plano el dolor insuperable de sus seres malheridos y se escuchan las voces de los que ya no están.

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