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Odiarla o amarla, ¿qué harás con ella?

Un fotograma de “Titane”.

Más que buscar las influencias en Titane del gran Cronenberg con la motorización de Crash –que las hay, y evidentes y asumidas– sería apropiado indagar en las huellas de otro título en apariencia menos osado: La mosca. Digo en apariencia porque sus resultados eran todo un bombazo tratándose de una película incluida en los catálogos del cine comercial: una adaptación muy personal de La metamorfosis con la destrucción de la carne y el horror de la enfermedad como trasfondo de una hermosa y corroída historia de amor y soledades. Julia Ducournau ofrece, también, una transformación del cuerpo desde la brutalidad con choques de coche, sexo metalizado y matanzas a todo gas, con una estética cambiante que va haciendo girar el color de las imágenes a medida que el personaje central sufre un progresivo y radical cambio. Más que una historia con andamios narrativos fijos y reconocibles, Titane se construye a partir de episodios que siguen las mismas reglas del tráfico que vivimos en las pesadillas: el caos y la desobediencia a la lógica. Buscarle sentido a la película no tiene sentido. Contada, es para echar a correr. Vista, te atrapa: la escena del baile homo-erótico entre bomberos es un buen ejemplo. Lo que importa (y lo que puede irritar a parte de la audiencia por su asumida arbitrariedad y lo explícito de algunas escenas de choque) es seguir las andanzas de su protagonista en sus arrebatos de lujuria, violencia y pavor entre identidades rotas.

Con su cabeza invadida por un elemento extraño que simboliza la orfandad en grado extremo, esta criatura celestial e infernal no es alguien de quien te puedas fiar, pero desprende un extraño halo de ternura salvaje que se hará carne, sangre y metal cuando entra en escena el personaje de Vincent Lindon, otro ser desesperado con la piel de la memoria hecha trizas.

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