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Una mujer, una casa y un cadáver

Megan Fox.

Megan Fox. / Qim Casas

Qim Casas

Megan Fox. Una casa bien acondicionada, pero situada en un paraje nevado y apartado. Un cadáver. Con estos tres elementos se construye la primera media hora de una película que, pese a sus escasas ambiciones –no deja de ser una remodelada serie B– ofrece algo menos de lo que promete inicialmente. La idea es entretenida: Fox tiene dudas en su relación matrimonial, va a cenar con su esposo, viajan en coche hasta la casa aislada y a la mañana siguiente se encuentra encadenada al cadáver de su marido. No entraremos en detalles sobre cómo llega a esta situación, un tanto rocambolesca, pero factible dadas las enunciadas escasas pretensiones de la película.

A partir de un momento concreto, que tampoco desvelaremos, el relato vira hacia un ejercicio de suspense en la línea de títulos canónicos como “Sola en la oscuridad”. No cambia el escenario, pero sí los personajes y el concepto general de la película. La premisa inicial igual no daba para los 88 minutos que dura el filme, pero podía habérsele sacado algo más de partido. Fox ni es una buena actriz ni ha sabido aprovechar los momentos comerciales que ha tenido su carrera, de “Transformers” a “Jennifer’s body”. Esto es una rémora, ya que buena parte de la efectividad de la propuesta se basa en su interpretación, en su saber estar en un decorado inalterable y ante amenazas sugeridas durante media hora y bien visibles en el resto de metraje.

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