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Amores de madre

Javier Gutiérrez.

Manuel Martín Cuenca siempre va directo al plano. Desde sus primeras películas y con todas las concecuencias en la última. Las ramas son para quienes se sienten cómodos dando vueltas y mareando la perdiz. Al director de El autor (dos palabra bastan para un título que lo diga todo sin contar nada) le bastan un par de atajos narrativos (elipsis, si lo prefieren en lenguaje más esquivo) para darle la vuelta a su película y hacer de ella algo muy distinto a lo que aparentaba ser. Y lo resuelve con una naturalidad tan apabullante (por honesta, alejada de cualquier juego de artificio) que resulta veraz incluso en su golpe feroz a los más bajos instintos. Porque en La hija no hay buenos ni malos: hay víctimas que se transforman en culpables, culpables que merodean la condición de víctimas. Todos ellos, como los perros capaces de devorar a sus dueños si aprieta el hambre, actúan por motivaciones que se pueden entender aunque no las compartamos. O no nos planteemos compartirlas. Como en “Perro de paja”, la salvaje barrabasada de Sam Peckinpah, lo que separa al ser humano de la barbarie es a veces una fina pared de cristal que, si se rompe, deja escapar monstruos.

En La hija aflora un drama inicial con todas las de la ley (rota). Un matrimonio. Normal y corriente. Doliente. Personas de bien que solo quieren saltarse las normas para conseguir un sueño: tener un hijo. Y como él (extraordinario Javier Gutiérrez, más preciso que nunca, de gesto minimalista para fraguar en la mirada todas las angustias, contradicciones y desconsuelo que van endureciendo sus decisiones) trabaja en un centro para menores con problemas, la ocasión se le presenta como una tentación irresistible: utilizar a una de las internas adolescentes –y embarazada– para conseguir esa criatura que anhelan. Y se la lleva a la casa donde vive con Patricia López Arnaiz (también sobresaliente en su semblante de miedo, sufrimiento y furia). Todo narrado desde la sobriedad, sin aspavientos ni cargando las tintas. Cuando lo que se cargan son las armas, la austeridad sigue haciendo de las suyas. “La hija” gira hacia territorios del “thriller”_más áspero (a Patricia Highsmith le hubiera encantado), se hunde en la ciénaga de un terror real como la muerte misma, y engendra un malestar general que nubla los sentidos.

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