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Nostalgia trillada

Una escena de “Scream”.

Hace 26 años, Scream (1996) revitalizó el género slasher riéndose de sus cliches mientras, al mismo tiempo, les insuflaba nueva vida para proporcionar sustos genuinos.

Después de tres continuaciones durante las que la saga se centró en mirarse el ombligo, ahora su quinta entrega lleva la metatextualidad al extremo, reexplicando las reglas del cine de terror pero también criticando la cultura de los fans, la fiebre por las secuelas y el sello Scream mismo.

La estrategia que sigue para hacer todo eso y a la vez justificarse a sí misma no es nueva; lo que se conoce recuelas –mitad reboots, mitad secuelas– son ya una mala costumbre de Hollywood.

En todo caso, eso no supondría necesariamente un problema si, al centrarse tanto en explorar lo meta, la película no desatendiera todo lo demás.

Los personajes que debutan en la saga son todos insípidos, y los que ya participaron en entregas previas no aportan motivos para aparecer en esta, sobre todo porque no participan en el nuevo misterio –un misterio que cualquier espectador atento podrá resolver en los primeros 20 minutos–-; el humor autorreferencial es obvio, las referencias a la cultura cinematográfica resultan rutinarias y las escenas de violencia están coreografiadas sin estilo o inventiva.

Se trata de una película incapaz de ofrecer nada que no sea oportunismo y nostalgia trillada y, por supuesto, reírse de sí misma por ello de ningún modo la exime de culpa.  

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