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La Nueva España

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Bienvenidos a la gran farsa

Niels Arestrup y Patrick Bruel.

Al igual que ocurría en la magistral La huella (Joseph L. Mankiewicz, 1972), aunque menos escueta en su reparto, El caso Villa Caprice juega con las apariencias, se lo pasa bomba explotando juicios y prejuicios, desmontando arquetipos y organizando una batalla entre gatos y ratones que pueden llegar a intercambiar sus roles a poco que te descuides. Dos personajes muy distintos pero no tan distantes. En una esquina del cuadrilátero, el abogado temible y severo, muy consciente de su poder y de arrogante misantropía, que cuida de su padre enfermo no tanto por devoción como por redención. Frente a él, aunque por interés parezca al principio que caminan juntos, un ricachón capaz de cualquier cosa por conseguir lo que quiere. Y cualquier cosa lo engloba todo, legal o ilegal. Cuando el segundo contrata al primero para que le saque de un lío en el que se ha metido, y pagando cantidades astronómicas para convencerlo, lo que hace es “comprar” (no “pagar”, como se matiza) a un profesional que, en los últimos capítulos de su vida, se las sabe todas a la hora de maniobrar por la trastienda de la justicia y echar mano de un amplio arsenal de trampas, trucos y tratos para salirse con la suya, aunque sea a costa de salvar el pellejo a alguien a quien desprecia. “No somos amigos”, recalca ante los intentos del magnate por alquilar su simpatía, lo que incluye estancias en la lujosa villa que alimenta el tinglado y el “préstamo” lleno de intereses de un patrón de barco con el que el abogado entabla una relación... digamos compleja.

Es extraordinario la sencillez desarmante con la que se va tejiendo una sutil telaraña de relaciones tóxicas y llenas de engaños, una gran farsa con unos elementos emocionales que mantienen a los personajes alejados del estereotipo. Embaucador, falso y despiadado, el magnate tiene un don de gentes evidente que no impide el agrietamiento inapelable de su matrimonio, y también un descreímiento casi feroz sobre lo que ha conquistado, como un depredador aburrido de cazar que no puede evitar hacerlo. Pero es el abogado, interpretado por un Niels Arestrup apabullante, quien proporciona un matizado, retorcido y conmovedoramente terminal retrato de un hombre al que le espera la peor de las condenas.

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