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Perfume de obra maestra

Una escena de “Alcarràs”.

Atrapar el momento, atrapar la emoción, alcanzar la armonía. Y, de paso, la plenitud cinematográfica. Así es Alcarràs, una obra realmente portentosa en la que Carla Simón da un paso más allá a la hora de configurar un imaginario propio que parte de lo íntimo para alcanzar un sentimiento universal. Todo el dispositivo se articula a partir del arraigo a un lugar, a una tierra, a una forma de vida que llega a su fin, y lo hace partiendo de la coralidad a través del crisol de relaciones que se establecen entre los miembros de una familia que se enfrenta a la pérdida, al desarraigo y al zarandeo involuntario de su propia identidad, de sus raíces y de su herencia, cuando después de toda una vida, tienen que abandonar la tierra que han cultivado para que sus legítimos propietarios, la exploten a través de las placas solares.

Cada uno de ellos gestionará ese desconcierto y vacío de diferentes maneras, mientras la cámara de Simón los sigue durante ese espacio de tiempo que los lleva desde la rabia a la aceptación. Lo hace a través de un complejo sistema de relevos, a través de coreografías internas de una enorme delicadeza expresiva, destiladas hasta la máxima esencia, que nos conducen de unos a otros sin apenas darnos cuenta, casi como si se tratara de una danza mágica entre las distintas generaciones.

El paisaje rural se convierte en un elemento fundamental y se filtra por todos los poros de la película. Los espacios abiertos, el sol del verano, el perfume de la cosecha, las hileras de melocotoneros, el calor del mediodía, el sonido del campo. La luz natural lo inunda todo porque no hay artificios, no hay imposturas, solo néctar, esencia, alma. Pero Simón no mira hacia fuera, sino hacia adentro. No hay ensimismamiento en la belleza del entorno, sino que todo se centra en los conflictos de los personajes, en una épica cotidiana que casi se puede palpar y, sobre todo, sentir.

Es “Alcarràs” un auténtico monumento, una cima de nuestro cine que aúna riesgo, ambición artística y al mismo tiempo una enorme humildad. Habla del pasado, pero sin romantizarlo, y de cómo el futuro queda en suspenso lleno de incógnitas. Habla de la lucha diaria, de los pesares y de las pequeñas alegrías. Habla de todo.

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