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El canto del lobo

Una escena de “Salvajes”.

De un rescate a una esperanza. “Salvajes” arranca con el hombre salvando a uno de sus animales de la muerte segura y termina con un rasgo de coraje, de apuesta por el futuro en una Asturias despoblada. En esos paisajes, rodados con suma elegancia y saludable ausencia de los malditos drones tan presentes en tantos documentales con paisaje enmudecedor, hay una guerra abierta entre ganaderos que sufren las dentelladas del lobo en las carnes de sus animales y los naturalistas que lo defienden. Álex Galán opta por la decisión más arriesgada y noble: dejar que los protagonistas se expresen, que dejen claras sus razones, que defiendan sus posturas con palabras que alimenten argumentos sobre los que debatir.

“Yo no pido ayuda. Pido que me dejen en paz. Ya me ayudo yo a mí mismo”. Como western fronterizo que es –la música de espíritu Morricone lo realza–, “Salvajes” está poblada por individualidades que saben de sobra lo duro que es sobrevivir en parajes donde el aislamiento y los peligros de la Naturaleza son el plan nuestro de cada día. Galán muestra una Asturias a la que le sobra belleza, pero sin convertirla en postalita ni esquivar las penalidades de cada día. Los lobos, dice un personaje, son animales y tienen que comer. Pero “primero soy yo, para eso estoy aquí”.

Un fotógrafo naturalista (el actor Borja Luna, que recrea una identidad verdadera) pone una nota punzante a la historia relatando las amenazas que dice sufrir por los ganaderos (balas como advertencia de plomo), mientras los puntos de vista de unos y otros se van desgranando para que los espectadores saquen sus propias conclusiones y tomen partido. O no, porque uno de los méritos de la película de Galán es que todas las posturas tienen un mismo peso y todas ellas tienen algún argumento valioso. La Asturias despoblada en la que la gente joven se va y los problemas de todo tipo acorralan a los que quedan es un escenario propicio para desencuentros entre dos bandos irreconciliables, sin que las administraciones ofrezcan soluciones imaginativas para un problema enquistado. La protección del lobo lo salvó de la extinción y los ganaderos se preguntan quién los protege a ellos para no desaparecer. “Una ley mal hecha tiene dos salidas: la injusticia o la ilegalidad”. Otra reflexión: “Sin agricultores ni ganaderos no hay medio ambiente”. Un lamento: “Matamos al lobo por necesidad. Porque nos abandonaron”.

Los naturalistas defienden un campo “con carbayos y lobos”. Se ataca el “terrorismo ecológico”, las “mafias”, los fraudes, la imposición de la ley del más fuerte. El veneno. Muchos asuntos peliagudos de los que se escapa, de pronto, la voz y la mirada de un niño que parece feliz viendo la lluvia, que está acostumbrado a ver ovejas destripadas, que disfruta con su vida entre animales, y que no tiene miedo a los lobos: “Son hasta bonitos”. La canción final esboza una vía de entendimiento: “Que no sean peor que los malos los que nos creemos buenos”.

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