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El día de las madres

Susi Sánchez y Laia Costa.

Madres que cantan “cinco lobitos” a sus hijas pequeñas. Madres con las que sociedad se muestra inclemente cuando se trata de repartir las tareas entre hombres y mujeres. Antes y ahora: las parejas masculinas se las saben todas para escaquearse y dejar que la mayor parte de las responsabilidades en el cuidado de los hijos recaiga sobre la madre. La primera parte de la película casi parece un documental, cámara nerviosa que escruta la intimidad de un hogar sacudido por la irrupción de un ser inocente, desvalido y necesitado de cuidados a todas horas. Ahí, en esa perforación de las paredes para captar cada detalle de la angustia y el desconcierto de una madre primeriza, es donde Alauda Ruiz de Azúa muestra una capacidad asombrosa para ir creando una espesa atmósfera de dudas y nervios que va calando la pantalla con los pequeños dramas/depresiones que van minando la relación conyugal y que ponen a prueba la resistencia de la madre.

El trabajo de Laia Costa es prodigioso: rezuma verdad en cada instante con una precisión veraz y desgarradora. Y de la gran Susi Sánchez qué vamos a decir que no se sepa.

Luego, la historia se revuelve sobre sí misma: cuando esa madre aturdida va a casa de sus padres aparece en escena una relación tóxica que no ayuda a calmar las aguas. Todo lo contrario: en su nuevo refugio hierven las desavenencias ajenas, una madre intenta imponer sus costumbres a la otra, y entre ellas hay un esposo y padre de mirada derrumbada que asiste, impotente y tal vez resignado, a la llegada de intrusos que reabren heridas sentimentales. Un plato arrojado contra el suelo con violencia marca el punto de no retorno a una situación de triple desasosiego en una familia condenada al fracaso.

Mientras, la pareja de la madre joven aparece solo para estropear más las cosas (tan apocado que ni siquiera actúa cuando un niño le roba un juguete a su bebé en “la jungla del parque”) usando como única táctica para cerrar crisis decir “te quiero”, como si eso bastara. Pespunteada por pequeños sobresaltos de la convivencia callejera (las peleas legítimas con el dueño de un perro sin bozal) y familiar (discusiones a voz en grito), la película gira al final para convertir a hija en la cuidadora de una madre enferma, intercambiando roles, y ofreciendo emocionantes conexiones con la enfermedad y el duelo.

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