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Monumento de cartón

Margot Robbie, en «Babylon».

Los primeros 10 minutos de "Babylon" nos muestran una lluvia dorada, una orgía que pondría celoso a Calígula y un elefante cuyo palpitante ano escupe heces en primer plano. Su final, al contrario, es un sensiblero videoclip como los que suelen llenar las galas de los "Oscar" para recordarnos el poder mágico del cine. Mientas recrea el caos y el vicio de los años del cine mudo y los contrasta con la asepsia y el control que la llegada del sonoro provocó, Damien Chazelle pretende ofrecernos la epopeya definitiva sobre Hollywood, al mismo tiempo una fábrica de arte y de sueños y una orgía amoral de apetitos desenfrenados. En lugar de explorar esa interesante dualidad, eso sí, prefiere entonar un himno ruidoso, vistoso y grandioso a su propio talento.

"Babylon", en efecto, es una película emborrachada de su propia ambición, sus virguerías estilísticas y sus supuestos excesos de fluidos corporales y cocaína y vulgaridad, que dedica más de tres horas a airear sus ínfulas mientras se limita a reciclar ideas y personajes arquetípicos que ejemplifican lo efímero y humillante que el estrellato puede ser. Y la mezcla de desenfoque y sobreexcitación que entretanto aqueja podrían entenderse como un reflejo del subidón de sus protagonistas de no ser porque a la vez es una obra demasiado calculada y, por tanto, sin energía genuina, que se construye casi exclusivamente a base de referencias a directores a los que Chazelle aspira a parecerse –Quentin Tarantino, Baz Luhrmann y, sobre todo, el Paul Thomas Anderson de Boogie Nights–, y que en su clímax parasita a los clásicos en busca de la emotividad que es incapaz de generar por sí sola.

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