04 de mayo de 2012
04.05.2012
El Trasluz

La vida

04.03.2012 | 01:00
La vida

Hay en la vida unos años en los que uno se toma un gin tonic al caer la tarde y hay luego otra época en la que es el gin tonic el que lo toma a uno. Ocurre con los libros también. Uno empieza leyéndolos y acaba siendo devorado por ellos. Fijaos en ese hombre de la cafetería que apura un cubalibre mientras sostiene una novela entre las manos. Un sorbo de lectura y un sorbo de ginebra con tónica. De vez en cuando, levanta la mirada y la posa sobre el ventanal que da a la calle (desde donde nosotros lo observamos) como meditando sobre lo que acaba de leer, o quizá sobre lo que acaba de beber. En realidad, está pensando que hace tiempo que ni lee ni bebe, sino que es bebido y leído. Quizá intente calcular en qué momento se invirtió la situación tanto con los libros como con el alcohol. No lo hallará, puesto que el cambio de papeles se produjo a lo largo de un proceso lento y sinuoso en el que no hay marcas ni señales ni puntos kilométricos.


Le ocurrió algo parecido con el cuerpo. Durante gran parte de la vida tuvo la sensación de conducirlo, de ser su piloto, su dueño. Ahora, por el contrario, está al servicio de él, es conducido por él, se somete a sus órdenes. De ahí que pase tanto tiempo en la farmacia. Y en el supermercado. Mirad, está leyendo «Crimen y castigo», está en realidad siendo leído por «Crimen y castigo». Pasó la mitad de su vida digiriendo la lectura de esa novela y ahora es él quien es digerido por ella. La vida es rara, piensa. Si al despertarnos olvidamos los sueños, quizás al dormirnos olvidamos la vigilia, es decir, olvidamos quiénes somos o quienes creíamos que éramos.


El hombre abandona el bar con el libro en la mano. De súbito, viendo fumar a unos adolescentes en la esquina, le dan ganas de encender un cigarrillo; así que, dicho y hecho: compra un paquete y un mechero, y destapa el paquete con la emoción del que vuelve al burdel de su juventud. Hace veinte años que no fuma, quizá treinta. La primera y la segunda caladas las da él, luego es el cigarrillo también el que se fuma al hombre. Lo sabe, sabe que ha empezado a ser consumido por todo aquello que ingenuamente creía consumir, y se pregunta cuánto durará el proceso. Esa noche sueña que es soñado, pero ignora por quién.

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