05 de noviembre de 2017
05.11.2017
Crítica / Teatro

Si una noche de otoño...

05.11.2017 | 02:39

"La novela comienza en una estación de ferrocarril, resopla una locomotora, un vaivén de pistones cubre la apertura del capítulo, una nube de humo esconde parte del primer párrafo?" Esto es de Ítalo Calvino. Es el comienzo de "Si una noche de invierno un viajero", una novela dentro de una novela, la llegada de literatura a una estación de tren: "Yo soy el hombre que va y viene entre el bar y la cabina telefónica. O sea: ese hombre se llama 'yo' y no sabes más de él, al igual que esta estación se llama solamente 'estación' y al margen de ella no existe sino la señal sin respuesta de un teléfono que suena en una habitación oscura de una ciudad lejana". Literatura sobre literatura, contar un cuento descubriendo cómo se cuentan los cuentos. A esto se llama metaliteratura, el doble salto mortal. La literatura reordena el pensamiento y la metaliteratura, el pensamiento sobre el pensamiento. Estas armas son las que presenta Pablo Remón en "Barbados, etcétera", un espectáculo que son tres espectáculos, una comedia negra sobre la pareja, una deliciosa composición sobre cómo se compone la vida. Juan Mayorga dio forma a "Reikiavik" con estas mismas armas: somos el cuento que nos contamos a nosotros mismos.

"Barbados, etcétera" atrapó antes de anoche a los espectadores que se acercaron al Club del Niemeyer, el escenario-delicatessen de lo mejor de la escena contemporánea. La obra de Pablo Remón inició en Avilés una gira nacional que echó a andar en el teatro Pavón Kamikaze, el foco madrileño de lo más nuevo. Teatro capaz de cocinar teatro y de servirlo en bandeja de plata.

Un hombre y una mujer -se llaman igual que los actores que los representan- entran en escena. Fijan su mirada en los espectadores y, luego, entre ambos, construyen una historia en la que sale un tapicero o el grupo "Europe" en medio del espacio sideral. Pablo Remón, al hilo de "Si una noche de invierno un viajero" o "Reikiavik" presenta a una pareja que es más pasado que presente; inercia que sorpresa, a pesar de que esas Barbados del título sobrevuelen cada una de las tres escenas que sólo se completan en la mente de los espectadores. La pareja vestida de negro es la nuestra; el sueño venusiano, es real... Lo dijo el malvado Frank Underwood en "House of cards": "Después de todo, somos aquello que decidimos revelar". Lo fascinante de "Barbados, etcétera" es un texto luminoso. Lo más fascinante aún es que los actores parecen decirlo con la naturalidad de un juego de ficciones, una noche después de la cena. El trabajo superior del director parece haberse borrado de la escena. La sombra de la caverna platónica que es el teatro vuelve a funcionar a la perfección con espectáculos como el de anteanoche.

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